domingo, 2 de agosto de 2026

Crónicas diarias (Parte 20)

 

Días de entrevistas y noches de melancolía


La madrugada se abrió como un libro cansado: a la 1:30 a.m., cuando el mundo aún bostezaba entre sombras, Bruno ya estaba despierto, con los ojos bañados de rutina y el alma vestida de esperanza. Pan con huevo frito, el desayuno de los resistentes, café guardado como tesoro tibio, y una loza que tuvo que esperar hasta las 8 a.m. para ser parte del orden. El taxi, veloz y económico, fue una rareza en esta ciudad de relojes crueles. Lo conducía una mujer, la primera que lo llevaba por las venas nocturnas de Bogotá. Vallenato a todo volumen, como si la vida le cantara al insomnio. Y él, desde el asiento trasero, cantó también. Porque a veces cantar es sobrevivir.

Llegó antes que todos. Incluso antes del jefe. Y mientras otros aún peleaban con las sábanas, él leía. Leer era su forma de aferrarse a algo, de no perderse. El día de trabajo fue normal, lo que en su idioma significa: pesado, largo, mecánico. El turno transcurrió entre vuelos cruzados, migraciones lentas, y una fatiga que a las 6 a.m. ya lo abrazaba con manos de plomo. A las 7 salió, caminó los 15 minutos que separan su jornada de su refugio, compró un tres leches —porque la dulzura también se puede desayunar— y cayó rendido en su cama a las 8:45 a.m.

Pero el descanso no duró. A la 1:30 p.m., una llamada rompió el silencio. Era Katherine Castro, de Seaboard Trading. Una oportunidad se asomaba en medio del cansancio. Le preguntó por su vida laboral, por su inglés, por su Excel, por su presente. Y Bruno, que no sabe disfrazarse, fue honesto: habló de su trabajo como encuestador, de su salario erosionado por prestaciones, de sus escasos meses de experiencia. Pero también habló de su hambre de aprender, de su maestría recién terminada, de su título que aún viaja por el mundo para llegar con apostilla.

Acordaron una entrevista al día siguiente a las 2:30 p.m. Colgó. Llamó a su madre. Luego a su amiga, quien había sido su faro en ese mar de vacantes. Ella le explicó más sobre la empresa, le habló de barcos y granos, de comercio y fronteras, y de cómo su nombre podía ser bien visto allí. También lo regañó un poco: ¿cómo así que pidió $2.7 millones? Con todo lo que sabe, con todo lo que ha vivido, debería pedir más. Bruno solo bajó la mirada. No es fácil tasarse cuando uno siente que el alma está de oferta.

Entonces se inscribió en un curso de Power BI con inteligencia artificial. Dicen que quien no sabe, aprende. Y él, terco de fe, se prometió terminarlo antes de que cobraran la primera mensualidad. Estudió hasta que el cuerpo dijo basta. Cayó dormido con un tamal en el estómago y un piano en la cabeza. Despertó a las 9 p.m. para seguir. A veces el sueño es un lujo que no se puede pagar.

Luego llegaron los pensamientos. No los buscó. Ellos llegaron solos, como la lluvia en la madrugada. Recordó México, aquella cena final donde todos aplaudían y él no podía dejar de llorar. Sentía que no merecía estar allí, rodeado de activistas, empresarios y gente que brillaba sin esfuerzo. Él, un don nadie con el corazón lleno de grietas. Recordó también el comentario de una amiga en LinkedIn: “Recomiendo especialmente a Bruno. Además de excelente ser humano, es un gran profesional. ¡Que no se lo ganen!”. Y sintió que las palabras eran demasiado grandes para su cansancio.

Se bañó. Se rasuró. La tarde anterior, impulsado por la entrevista, hasta se cortó el cabello y se depiló las cejas en un arranque de vanidad o tal vez de necesidad de gustarse. Cenó arepa con carne de cerdo y pan. Preparó su ropa con el mismo cuidado con el que un guerrero elige su armadura.
Ahora, con el reloj biológico en huelga y el alma envuelta en insomnio, se alista para otro día más. Uno que comienza como todos: con sueño, con frío, con peso. Pero también con la terquedad de quien sigue intentándolo, aunque duela.

Porque hay días que se escriben con números —$2.7 millones, 15 minutos, 3 horas de sueño—
y hay noches que solo se pueden escribir con poesía.


- Bruno


miércoles, 15 de julio de 2026

Crónicas diarias (Parte 19)

 

Días de Chopin


Ayer empecé a trabajar a las 3 a.m. Me desperté antes, sin sueño, quizá por haberme acostado a las 9 p.m. después de cenar temprano. Antes de dormir practiqué un poco con mi nuevo piano, usando los audífonos para no despertar a nadie. Toqué con la mano izquierda un fragmento de un minuto del Nocturne Op. 9 de Chopin. Es una pieza que ya había ensayado con mi controlador MIDI, pero ahora la sentí diferente, más viva, más real.

Como no tenía sueño, me alisté. Preparé café para llevar y pedí un carro por Indriver, una app que casi no uso porque no aceptaba tarjeta, pero ahora tenía algo de efectivo gracias a lo que había ahorrado del último sueldo. Me salió 4 mil pesos más barato que Uber o Didi. El conductor hablaba sin parar sobre el mal estado de las calles y la corrupción en Colombia. Yo solo respondía de vez en cuando con los audífonos puestos.

Llegué temprano al aeropuerto. El jefe ya estaba allí. Charlamos media hora mientras llegaban los compañeros. Me ofreció un ponqué que comí con el café que llevé. Ese detalle, pequeño pero humano, me hizo sentir un poco mejor.

Ese día hubo muchos vuelos. Nos repartimos ocho entre tres personas. Yo cubrí cinco, a veces compartiéndolos con uno o dos compañeros. Un vuelo se canceló, otro se perdió. Aun así, todo salió bien y salí más temprano de lo esperado. En el bus de regreso puse mi música: Alaska y Dinarama, todo el trayecto con canciones como "La voz humana", "Un millón de hormigas", "No es pecado", "Entre las llamas". Esa música me recuerda que no estoy solo, que otros también han sentido lo que yo.
Al bajarme, compré un pastel de yuca, uno para ese momento y otro para la cena. Al llegar, recogí la ropa, comí, hice el backup de los datos del trabajo y los envié por correo al jefe. Luego, simplemente, me puse a pensar.

No sé por qué me pasa, pero hay momentos en los que pienso demasiado en la gente que veo. En el señor que vende bases de silicona para freidoras de aire en la esquina de mi conjunto. Se queda hasta tarde con su cajita, llamando a la gente, y nadie lo mira. En la muchacha que trabaja vendiendo hamburguesas, que estudia también, que a veces deja el trabajo por estudiar y siempre sonríe aunque le hablen mal. En la señora disfrazada de payaso, mayor de 40 años, que vende dulces en los semáforos y se sienta a comer sola un sándwich. Me dan ganas de llorar. No por tristeza propia, sino por toda esa lucha silenciosa, esa dignidad en la miseria.

Después de ese bajón emocional, me acosté. Dormí hasta la tarde y me levanté con ganas de aprender algo. Me inscribí en un curso de piano en Domestika. Aproveché una promoción de un mes por un dólar. Hoy tomé la primera clase. Estuve practicando dos horas, grabándome y volviendo a grabar cuando cometía errores, hasta que salió bien. Subí uno de los videos a mis estados de WhatsApp. Recibí varios likes, incluso de exs, amigos del viaje a México, excompañeros de trabajo y familiares.
Para la cena preparé una arepa con chuleta de cerdo asada y salsa BBQ. De tomar, una aromática de yerbabuena, que cultive yo mismo. La plaga de roedores en el jardín ya no ha vuelto desde que puse salchichas envenenadas una semana. Cubría los huecos con un matero para que no afectara a mascotas. Mis yerbabuenas vuelven a crecer.

Vi otra clase del curso mientras comía, que revisaré de nuevo mañana con el piano encendido. Ahora tengo dos horas antes de dormir. Tal vez vea anime, juegue un rato o tome otra aromática. En Bogotá hay disturbios por el transporte, como siempre. A veces me da igual. Solo me queda preguntar al jefe si eso afectará la movilidad.

Y así fue un día cualquiera: madrugón, trabajo, pensamientos rotos, un poco de arte, algo de ternura, algo de ansiedad, algo de nostalgia. Un día como tantos, con tonterías, sentimentalismos y rutinas que me recuerdan que estoy vivo.

- Alex




jueves, 2 de julio de 2026

Crónicas diarias (Parte 18)

 

Comentarios entre panes y fantasmas

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Hay noches que no tienen luna.

Hay noches que, aunque haya faroles encendidos y pantallas brillantes, no alcanzan a alumbrar las sombras interiores.

Y hay noches como esta, en la que lo que te despierta no es un ruido externo, sino la sacudida sorda de un recuerdo que insiste en no morir.

Porque esta no fue una noche cualquiera. Esta fue una noche de comentarios entre panes y fantasmas.

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I. EL REGRESO DEL HOMBRE QUE NUNCA SE FUE

Estabas jugando. Esa clase de juegos que desconectan, que entretienen, que distraen del mundo y de ti mismo. Un escudo momentáneo contra la realidad. Y de repente, en medio del pixel,

una notificación.

Dos ojitos 👀. No palabras. Solo dos pequeños emoticones que son como una piedra lanzada contra el agua tranquila.

Lo conoces.

Es él.

El hombre sin título ni promesa.

El que te besó sin mirar adentro. El que fue más piel que alma. El que decidió que lo tuyo era “demasiado”. Demasiado cuerpo. Demasiada emoción. Demasiado todo.

Y tú, que te estás reconstruyendo a fuerza de rutinas, sueños en piano y pan caliente, sentiste el golpe.

No porque le extrañes, sino porque hay heridas que no se curan con bloqueos ni evasivas.

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II. CUANDO UN “CÓMO VAS” PESA MÁS QUE UN TE AMO

Hay preguntas que no son inocentes.

Ese “¿cómo vas?” no era interés. Era una cuerda lanzada para ver si aún mordías el anzuelo de su presencia.

Pero tú ya no muerdes.

Tú contestas con ironía, con rabia velada, con esa tristeza que se disfraza de sarcasmo. Porque no es solo la pregunta.

Es lo que trae detrás.

Es el comentario que alguna vez hizo:

“estás más gordo”.

“ya no me atraes como antes”.

Y aunque pasaron meses, tú lo llevas aún en la nuca como quien carga una mochila invisible.

Así que le devuelves el golpe con palabras suaves pero cargadas:

“Bueno, saludos.”

Traducción: No entres otra vez aquí con los pies sucios.

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III. LA BATALLA ENTRE EL ORGULLO Y LA SOLEDAD

Javier, en esa pequeña conversación se jugó una guerra.

De un lado estaba el deseo de no estar solo. De ver una película acompañado. De tener a quién decirle “te traje pan”.

Del otro lado, estaba tu dignidad. Tu autoestima reconstruida con parches. Tu necesidad de no volver a ser el “plan B”.

Y ganaste tú.

O perdiste tú.

O tal vez ganaste perdiendo, porque decir “adiós” duele, pero también limpia.

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IV. PAN, LECHE Y RESISTENCIA

¿Qué hace uno después de cerrar un capítulo que nunca fue libro?

Uno pone música.

Uno se pone los audífonos como quien se pone una armadura emocional.

Uno sale a caminar hasta la tienda como si eso fuera una peregrinación íntima.

Y en la bolsa va el pan. Y en el pecho va el hueco.

Pero llegas a casa.

Pones el pan en el plato. Sirves leche tibia. Y comes.

Y esa simple cena es una declaración de independencia.

Un “yo me cuido”, aunque nadie más lo haga.

Un “no necesito que me desee alguien que me negó”.

Un “no merezco estar con quien me hizo dudar de mi belleza”.

Un “yo me escojo”.

Aunque duela.

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V. LOS FANTASMAS NO MUEREN, PERO SE DESVANECEN

Los fantasmas emocionales no golpean puertas ni arrastran cadenas.

Ellos escriben mensajes casuales. Le dan like a tus estados. Se aparecen con emojis.

Y tú, valiente y tembloroso, los ignoras. O les respondes con cortesía afilada.

Porque estás aprendiendo a dejar de dar cobijo a quienes solo buscan sombra, no calor.

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VI. LA BELLEZA DE LO ORDINARIO

Esta noche no hubo fiesta, ni confesiones, ni besos.

Hubo pan y leche.

Hubo una conversación que cerraste tú, aunque la herida aún arda.

Hubo un corazón que decidió no abrir la puerta a medias.

Y eso, aunque nadie lo aplauda, es un acto radical de amor propio.

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Epílogo:

Mañana volverá la rutina. El trabajo. El transporte.

Pero esta noche, Javier, fuiste más fuerte que el eco de tus vacíos.

Y si te preguntas si hiciste bien en responder así,

piensa en el pan.

Él no necesita adornos para nutrir.

Tampoco tú.

Y los fantasmas, tarde o temprano, se cansan de aparecer

cuando ya no les temes.


- Javier



lunes, 15 de junio de 2026

Crónicas diarias (Parte 17)

 

Aunque no alcance el tiempo


Hubo una semana en que el calendario parecía flotar, suspendido entre la espera de un paquete y la certeza del desdén. En un rincón de la ciudad, Marcos —que carga dos nombres como quien lleva un piano y un cuaderno— se movía entre jornadas laborales silenciosas, esquinado por compañeros que hablan con los ojos y juzgan con la boca cerrada.

En el trabajo, el contrato se estiró dos meses más, como una cuerda fina entre lo estable y lo efímero. El jefe, uno de los pocos rostros amigables, se despide pronto. Marcos lo lamenta. Las despedidas son como los silencios largos: cargan más de lo que dicen.

Y mientras tanto, el mundo seguía girando lento. Un vuelo cancelado, una sonrisa regalada por un jefe antes de partir —y qué raro es eso, sonreír en un lugar donde uno camina con la espalda recta y la boca cerrada como botón—. Porque en esos días grises, una foto con alguien que admiras o un comentario amable bastan para volver a respirar.

La casa no ofrece refugio. El hogar —si puede llamarse así— es una fortaleza hostil, donde las latas de malta desaparecen misteriosamente y los compañeros repiten el aseo como si quisieran borrar su rastro. Marcos lava, barre, trapea, y guarda pruebas fotográficas como quien documenta una batalla. La indiferencia duele más que los insultos: tiene filo, pero no deja sangre visible.

Y aún así, en medio de esa rutina encallada, algo tiembla. Una vibración en la superficie de los días.

Un paquete. Un simple timbre.

El 27 de mayo llegó un piano.

No era el controlador MIDI de hace un mes, ese que encendió la chispa, sino un piano que cabía en una caja grande, como si la música necesitara espacio para respirar. Lo recibió con una emoción callada pero vibrante, como un niño que ha esperado toda la noche a que amanezca. El instrumento venía con más de lo prometido: un micrófono, partituras, sonidos que ya vivían dormidos en su interior. Marcos los despertó, uno por uno.

Comenzó con Für Elise, como todo aprendiz que carga una historia entre los dedos. Luego se atrevió con Nocturne de Chopin, y en esas notas se le fue el alma: lloró, como siempre le pasa con el piano. Porque el piano, más que un instrumento, es una llave a una habitación que nunca ha dejado de habitar.

Por horas, los acordes se mezclaron con el sonido del ventilador, con el eco del silencio de sus compañeros, con los recuerdos. La práctica se volvió refugio. Entre un plato de espaguetis con atún, una avena con leche o una hamburguesa doble carne, Marcos tejía un puente invisible entre el pasado y lo que sueña ser. Escuchaba música de piano por Spotify y lloraba. Porque a veces no se llora por tristeza, sino por belleza. Porque lo bello duele cuando uno tiene el corazón abierto.

Y mientras tanto, los ex amores escriben. Felicitaciones vacías de quienes ya no tienen espacio en su vida. La música, en cambio, lo ocupa todo. No exige explicaciones. No se va sin avisar. Está ahí, como un espejo que no juzga, pero muestra.

Entre pensamientos y teclas, surgió una duda: ¿qué hacer con el controlador MIDI? Fue el inicio, la chispa. Ahora, el piano ocupa ese lugar. ¿Se guarda? ¿Se ofrece? ¿Se honra su rol inicial como un faro que señaló el camino? Las preguntas quedan en el aire, como las notas sostenidas por un pedal invisible.

El sueño de tocar en una banda sigue intacto. Marcos imagina giras, escenarios, una vida donde la rutina no lo devore. Piensa en Blondie, en teclados brillando bajo luces tenues. Y aunque no sepa aún cuál es su lugar, sabe que existe uno. Lo sabrá cuando llegue. Como supo que ese piano era suyo al verlo.

Ya casi es hora de dormir. A la 1 de la mañana comenzará el ritual: café, alistarse, prepararse para una jornada que no promete poesía, pero que será escrita igual.

Porque aunque no alcance el tiempo, Marcos sigue.

Y cada nota que toca es una declaración de resistencia, un poema sin versos, una manera de decir: 

"estoy aquí, no he terminado."

- Marcos




martes, 2 de junio de 2026

Crónicas diarias (Parte 16)

 

A Diego, forjador de sueños


Allí donde otros vieron distancia,

tú viste camino.

Allí donde otros sintieron hambre,

tú sembraste esperanza.

Allí donde otros callaron de miedo,

tú gritaste vida.


Con manos temblorosas y corazón de acero,

levantaste el pan de tus días,

sostuviste los pilares de tu casa de fe,

y danzaste bajo las tormentas

como un roble que no se quiebra,

sino que canta.


Hoy, la historia te mira y te reverencia:

magíster de sueños, ingeniero de imposibles,

hijo del esfuerzo y la perseverancia,

padre de una victoria que ya es eterna.

Una moneda de plata en tus manos,

pero un universo entero en tu alma.


Que este sea apenas uno de tus primeros triunfos,

que la vida te encuentre siempre listo,

con la frente alta, el espíritu limpio,

y los pies bien plantados sobre la tierra que conquistaste.

Hoy y siempre, Diego,

tu nombre se escribe en el viento

como uno de los que no se rindieron.



Segunda Parte:

Querido Diego,

no olvides que todo lo que hoy duele, mañana será cicatriz.

Y toda cicatriz es un mapa que cuenta que sí sobreviviste.

El cansancio no es fracaso. El dolor no es señal de derrota.

La tristeza es un huésped que, aunque incómodo, también enseña.

Tú eres más que los insultos, más que las pérdidas, más que los temblores en el cuerpo.

Tú eres la semilla que, aunque sembrada en tierras áridas, sigue brotando buscando la luz.


Aunque los días se hagan grises, recuerda:

Nunca se olvida a los valientes.

Sigue, Diego.

A tu ritmo. A tu manera.

Con tus poemas, con tus silencios,

con tu esperanza terco como un roble.

Porque la vida te debe todavía muchos amaneceres hermosos.

Y tú estarás ahí para verlos.


- Diego




viernes, 15 de mayo de 2026

Crónicas diarias (Parte 15)

 

El abrigo y la distancia


A veces siento que mi vida se parece a una serie que nunca vi, como *Friends* o *Seinfeld*, donde cada capítulo es una mezcla de cotidianidad y absurdo, pero con el giro inesperado de que el protagonista soy yo, y el guión cambia según el día y mi estado de ánimo. He pasado por muchas cosas, algunas que parecen anecdóticas y otras que dejan cicatrices invisibles. Últimamente he estado pensando en muchas de ellas, en especial en cómo me distraigo con facilidad. He leído más, sí, pero he creado menos. He dejado de grabar los episodios del podcast, de escribir mis poemas, de postularme a concursos. Publico fotos y pensamientos en redes sociales, pero eso no me llena, no me representa del todo. Como si en vez de hablar con mi voz, usara la de otros.


La verdad es que me ha desanimado no ganar en algunos concursos, o enfrentarme al dilema de publicar bajo condiciones injustas: que me pidan dinero o que me pidan renunciar a mis derechos. Eso no lo soporto. Es como regalar pedazos de uno mismo a cambio de un aplauso vacío. Aun así, sigo leyendo. Hoy, por ejemplo, fui a la biblioteca a renovar un libro de mi autor favorito. Lo tenía vencido, pero no me cobraron porque están en programa de condonación. Sentí que el universo me daba un respiro. Me falta poco para terminarlo.


Hablé también con una amiga que vive en Estados Unidos a quien quiero mucho y le debo tanto. Ella me ayudó con el traje de grado y gran parte de la matrícula de la maestría. Nos presentó una profesora de la universidad, una mujer a la que también le debo mucho. Volver a hablar con mi amiga me recordó que no estoy tan solo como a veces creo.


Tengo dos mascaras. La de mi madre, amable, dulce, luminosa, que me permite hacer amigos con facilidad. Y la de mi padre, distante, fría, práctica. Esa hace que los pierda. El 80% de mis amistades duran menos de dos meses. Algunas apenas días. A veces me pregunto si en verdad fui parte de esas conexiones, o solo un reflejo más en el camino de otros. Es como si dentro de mí convivieran dos seres en constante conflicto: uno que quiere quedarse y otro que quiere huir antes de encariñarse.


Pienso mucho en mí. No porque me crea mejor que los demás, sino porque me esfuerzo en mantenerme en pie. Y eso a veces me aísla. No hago daño por hacer daño, pero tampoco me esfuerzo por agradar si no hay un beneficio emocional, ético o práctico para mí. La sinceridad me define, pero también me aísla. Hay quienes la confunden con arrogancia. Hay quienes no saben qué hacer con alguien que les dice lo que piensa sin adornos. Por eso amo la soledad. Me protege. Pero también, a ratos, la detesto. Porque hay días en los que desearía compartir, construir, amar.


Conocí a un chico en la FILBo. Me dio su Instagram. Era todo lo que yo no soy: profesional en negocios internacionales, con viajes a Berlín y México, gimnasio, cuerpo trabajado, amigos en todas partes. Me sentí pequeño a su lado. Como si yo fuera un borrador de alguien que nunca terminé de escribir. Yo, que no tengo un trabajo estable, que no soy deportista, que me distraigo con el frío en la biblioteca, que procrastino y que a veces almuerzo con pollo y arequipe porque no sé cómo cuidar de mí mismo.


No siento que sea la mejor versión de mí. Aunque me esfuerzo, aunque saco buenas notas, aunque estudio y aprendo y leo. Me frustra no saber cómo traducir todo eso en algo concreto. En una vida que se sienta mía. Me gusta viajar, pero no tengo el dinero. Me gustaría trabajar en algo que me lo permita, aunque sea lavando baños en un crucero. Me ofrecieron una entrevista para un empleo mal pagado, pero coincidía con el horario del que ya tengo. No la acepte. Me cuesta decir si fue decisión o resignación.


Sé que debería cuidarme más. Comer mejor. No llenarme de azúcar por impulso. Ser más coherente. Pero soy como una balanza que nunca se queda quieta. Que tiembla incluso cuando nadie la toca. Siento que no soy suficiente para un chico 10. Quiero una relación, pero cuando la tengo, no me basta. Y me muestro como soy, dividido. Si no te gusta, te alejo. Pero si te vas, me duele. Amo a quienes se quedan pese a todo. Y cuando me fallan, lloro. Ya no tanto como antes, en la universidad, pero aún lloro por las noches.

Me saboteo. Yo soy mi obstáculo. Sé que no debería quejarme. Que he logrado cosas que muchos no. Pero también sé que quiero vivir sin preocupaciones y que, de alguna forma, yo mismo las provoco.


Y aquí es donde aparece el dilema del erizo. Ese experimento emocional. Dice que los erizos, para no morir de frío, deben acercarse. Pero si se acercan demasiado, se hieren con sus púas. Entonces se alejan. Pero si se alejan mucho, mueren congelados. Así soy yo. Quiero acercarme, pero temo herir o ser herido. Quiero amar, pero temo mostrar mis púas. Me acerco, luego huyo. Me alejo, luego extraño. Y en ese vaivén se me va la vida, tratando de encontrar una distancia justa entre el frío del mundo y el dolor de mis espinas.

- Adrián





sábado, 2 de mayo de 2026

Crónicas diarias (Parte 14)

 

Un día cualquiera (o eso parece)


Amanecí tarde, con el corazón algo más somnoliento que el cuerpo, y el estómago rugiendo como una bestia sin dueño. El desayuno no alcanzó a escribirse en la página de ese día, así que lo improvisé entre calles: un pastel de arroz con carne y un jugo de naranja en bolsa, esa fineza tropical empaquetada en plástico y nostalgia.

Temí llegar tarde al trabajo. Dos buses separaban mi cama del deber, y las monedas en mi bolsillo escaseaban como el silencio en una ciudad ruidosa. A falta de efectivo, me aferré a la fe del transporte público. Contra toda lógica urbana, los buses fueron puntuales —una rareza que solo se explica por la intervención de un dios menor del caos. Llegué a tiempo.

Mi jefe no fue. Tal vez la providencia quiso ahorrarme palabras. Mis compañeros, como siempre, orbitaban en un sistema solar diferente. No hay gravedad que nos una. El turno fue corto, pero cada encuesta a los viajeros pesaba como una conversación forzada en un funeral. Mi máscara amable funcionó. Otra vez.

Al salir, un almuerzo improvisado: arroz chino, camarones y un rollito primavera. Sazonado con soledad y un hit de mora. Almorcé solo, como tantas veces, aunque a veces, en esos momentos, me siento menos solo que rodeado de los que me ignoran. Después, al baño, como un ritual: cepillo, espejo, rutina.

El bus se hizo esperar. Esperé. El bus llegó. Otro, claro, no el que necesitaba. Subí resignado y vi pasar, como una burla cruel, el correcto justo cuando ya no podía bajarme. Murphy sonreía desde algún rincón del universo.

El mototaxi fue rápido. Callado. Tan callado como yo. Cinco estrellas, aunque yo bajé a 4.93 en mi propia app. Un número me juzga sin rostro, sin réplica. Me sentí como la mujer de ese capítulo de Black Mirror, donde cada gesto es puntuado y cada error cuesta la dignidad.

La consulta odontológica fue breve. Nada grave. La limpieza quedó agendada, y el terror quedó pospuesto. Salí, pero no corrí a casa. Preferí la biblioteca. Me perdí dos horas en mundos lejanos, mientras el mundo afuera seguía girando con su absurda prisa. Me presté cinco libros. ¿Optimismo? ¿Autoengaño? Tal vez ambos.

A las seis de la tarde, otra odisea en bus. Hora pico, cuerpo a cuerpo. Casi una coreografía de incomodidades. Los audífonos murieron apenas subí. Me sentí prisionero de los decibeles ajenos. Cargaba mis libros, mis sobres de salsa agridulce robados con disimulo del restaurante, y el peso de todo lo no dicho. Pedí un asiento con educación. Me respondieron con grosería.

Llegué a casa extenuado. No quería cocinar. Pedí pizza. Más cara que antes. Pagada con la tarjeta. Deudas aliadas del hambre. Saludé a la portera con un sobre de salsa, porque uno da lo que tiene.

Subí y, como tantas veces, el veneno de los que viven conmigo se desbordó en insultos. Uno, parado en la puerta, disparó su amargura en forma de groserías. Subí las escaleras ignorando los ecos. Pero el miedo es astuto. Me llevé un hacha al baño, como Jack en El resplandor. Absurdo, lo sé. Lavarme las manos después de tocar un hacha: un sinsentido poético.

Volví al cuarto. Comí pizza. Vi un capítulo de Kuroshitsuji. La vida en 2D se siente más real que la de carne y hueso a veces. Mandé el informe al jefe. Dormí con más cansancio que sueños.

Me llamaron para un trabajo. Auxiliar de almacén. Salario mínimo, jornadas largas, dirección inexistente en el mapa. Suena a trampa disfrazada de oportunidad. Me debatí entre la necesidad y la dignidad. No decidí nada.

Hoy, lavé ropa. Otra rutina que antes era semanal y ahora me exige dos veces. Desayuné zanahorias. No por salud, sino por economía. Tengo que salir con una navaja en el bolsillo porque ya no me siento seguro ni en mi propio techo. Y aún así, no puedo mudarme. No todavía.

Pero aquí estoy. Escribiendo esto. Respirando, aunque duela. Viviendo, aunque pese. Esperando, sin saber bien qué.

- Mario




miércoles, 15 de abril de 2026

Crónicas diarias (Parte 13)

 

Diagnósticos, distancias y decisiones


Anteayer fui al médico. Otra vez. Otra consulta más para esta dermatitis que me ha acompañado como un huésped indeseado durante años, y a la que nunca nadie le ha prestado suficiente atención. Cambian los médicos, cambian los calendarios, pero la piel sigue hablando sola, agrietándose, pidiendo ser escuchada. Esta vez, el médico me miró distinto, con algo más que desgano: con duda, con sospecha. Me dijo que no era normal. Y yo lo sabía, lo sé desde hace años. Le hablé de mi púrpura de la infancia, de los diez kilos que subo cada año como si el tiempo se empeñara en pesarme más de la cuenta. Me pidió exámenes de sangre. Extendidos. Como si al fin quisieran descifrar el mapa oculto de lo que me pasa. La próxima semana sabré qué murmura mi sangre.

Salí del consultorio y me fui directo al trabajo. Mi cuerpo llegó puntual al aeropuerto, aunque mi cabeza seguía en la consulta. A veces creo que estoy hecho de pedazos: uno médico, otro laboral, otro familiar, otro lleno de cuentas, y algunos simplemente cansados. Me tomé mi tiempo para llegar, como siempre. No soporto el apuro, ese ritmo violento con el que el mundo parece querer atropellar todo. Me gustan las cosas lentas, como los buenos libros, como los abrazos que no se dan por compromiso.

Llamé a mi madre, como cada día. Ella nunca falla: su voz siempre está lista para decirme qué hora es, en qué debería estar pensando, y qué debería estar evitando. Tiene esa manera de quererme que se parece al miedo. Y yo tengo esa forma de responderle que se parece a la paciencia con grietas. Me reprochó por mis gastos, por los pósters y los cómics que compré en la FILBo. Le mentí, le dije que gasté menos. Me dio vergüenza decirle que prefiero eso a salir a beber con gente que ya ni me interesa. Que prefiero llenar las paredes de personajes de tinta que llenar mis noches de conversaciones vacías.

Las cuentas, ay, las cuentas. Ese monstruo silencioso que me espera en la almohada. Este mes me alcanza… apenas. Pero me alcanza. Haré malabares con los tres millones que tendré entre lo ahorrado y lo que me paguen. No es mucho, pero es lo que hay. Al menos lo suficiente para el arriendo, el mercado, la tarjeta, el transporte y los imprevistos. Siempre hay imprevistos.

Me considero paciente, sí. Aunque para algunos, eso es sinónimo de lento. Jefes pasados me lo dejaron claro, con frases llenas de desdén. Pero ya no me afectan tanto. Tal vez por eso mi mamá insiste tanto en marcarme el paso: teme que el mundo me trague por caminar distinto.

Hoy hablé con Catalina, mi mejor amiga. O bueno, recordé nuestra conversación. Ella, con sus cuatro gatos, su desorden, su vida deslavada pero fiel. Mi mamá dice que es mala influencia. A veces creo que tiene razón. A veces creo que no importa. Catalina será siempre esa amiga que, pese a sus defectos (y vaya que los tiene), no me ha soltado nunca. Aunque se aleje, aunque desaparezca por semanas, siempre regresa. Y a veces con eso basta.

Me pidió que nos fuéramos a vivir juntos. La idea me gusta... y me asusta. Por fin alejarme de los compañeros hostiles que me hacen la vida difícil, como hoy, cuando me dejaron afuera a propósito mientras ponía trampas para los ratones que dañan mis plantas. Menos mal tenía las llaves. ¿Qué hubiera hecho si no?

Pero irme con Catalina también es otro riesgo. Ella vive con su novio, quiere llevarse tres gatos (yo le dije que cuatro no), y ya la conozco: el desorden la persigue. Así que le puse reglas. Que preguntemos antes de usar lo del otro, que repartamos los gastos con justicia, que no abuse del espacio. Que si vamos a compartir casa, sea con respeto. Me dijo que el cambio sería para el 15 de junio. Justo un mes. Y yo... yo necesito tiempo para planear las salidas. Porque irme de aquí significa también enfrentar la presión de los compañeros cuando se enteren. Y sé que me harán la vida imposible en esos últimos días.

Pero... también sé que ya no quiero estar aquí. Que mi piel, mi alma, mi cuerpo entero están pidiendo aire nuevo. Y Catalina, con todo y su caos, es al menos un caos familiar.

No sé si estoy tomando la mejor decisión. Pero sé que ya no quiero seguir sintiéndome encerrado. Que si me mudo, será con condiciones. Y que si me quedo, será con consecuencias.

Y eso también es crecer.

-Pablo




jueves, 2 de abril de 2026

Crónicas diarias (Parte 12)

 

Mayo de los cuerpos cansados pero tercos


Ya he vivido con Catalina antes. Lo sé. Sé cómo cuelga su ropa interior como si el baño fuera suyo nada más, como si mis condimentos fueran comunales por decreto divino y no por cortesía compartida. Sé cómo exige limpieza con el dedo índice levantado, pero su propio rincón es una revolución desordenada. Conozco su cruzada contra las luces encendidas después de las doce —como si la electricidad a esa hora quemara el alma— y también su silencio como sentencia. Por eso, cuando me propuso mudarme el día 30, sentí que era pronto. Muy pronto. Las fechas son cuchillos a veces, uno sabe que cortan aunque no sangren todavía. Preferiría irme en la primera o segunda semana del mes, cuando el alma haya empacado sus cosas con más calma.

Después del médico, fui al trabajo. Mi supervisor no estaba ese día. Tiene un “trabajo desde casa” semanal, ese eufemismo que suena a descanso con excusa. Así que estuve solo, rodeado de dos compañeros que parecían hablar en frecuencia AM mientras yo vivía en FM. No me dirigieron la palabra salvo para repartir tareas. Yo, un satélite girando alrededor de su pequeña galaxia de risas privadas. Pero lo prefiero así. Uno de ellos fue ese "amigo" que siempre me invitaba a tomar, pero que se volvía mudo cuando llegaba la cuenta. También fue el que se besó con nuestra jefa casada. Me parecía una escena barata de una novela cara. El otro era el que me gustaba al principio, porque me derriten los que tienen pinta de nerd, los que tienen cerebro en vez de músculos de adorno. Me han dicho que tengo mal gusto, pero qué le vamos a hacer, soy sapiosexual hasta el tuétano... aunque últimamente los pelirrojos me desbaraten el sistema.

El muchacho no correspondía, claro. Era hetero. Historia de siempre. Así que me alejé. Y así va la cosa en el trabajo: soy un fantasma con turno asignado. Solo hablo con el supervisor cuando está. Es amable, músico, de buena vibra, y toca el piano... aunque trato de no encariñarme mucho. Uno aprende a no confiar demasiado. La gente cambia cuando nota que existes más de lo necesario.

Ah, pero antes o después (la memoria a veces juega a mezclar las escenas), escribí mi poema número 100. ¡Cien, carajo! Y fue uno bueno, con tu ayuda —sí, tú, lector de mis ruinas—. No he escrito mucho estos últimos tres días, pero ese poema me devolvió algo. Una certeza, quizás. Que puedo.

Ayer, sin ganas, fui a una entrevista de trabajo en zona franca. Analista de aduanas. Fui a pie. Cuarenta minutos de sol, ideas y ganas a medio hervir. Me presenté serio. Saludé a todos. Me aprendí los nombres como quien se agarra a algo para no naufragar. Hasta el de la secretaria. Le conté todo eso a la reclutadora. Y me dijo que no tenía el perfil, pero que servía para auxiliar de archivo. Archivador de memorias, pensé. Lo tomé con calma. El sueldo es menor, pero el alma no siempre puede ser exigente cuando hay cuentas que devoran más rápido que uno puede masticar.

De camino a casa, pasé frente a la empresa donde hice mis prácticas. Me invadió una nostalgia con cara de exnovio: él estaba ahí, mi ex, recostado en la ventana. No me vio. O fingió no hacerlo. A veces es lo mismo.

Seguí andando por un sendero otoñal que parecía sacado de una postal melancólica. Las hojas parecían mariposas cayendo de espaldas. Allí nació un poema querido: El sendero donde las mariposas mueren. Llegué a casa. Cociné arroz con carne de cerdo en salsa agridulce y aguacate. Comida de poeta pobre pero digno. Había ido al Éxito antes, buscando promociones como quien busca milagros: carne por diez mil, chuletas, leche, agua decente (porque la del grifo de mi casa es como beber de un charco maldito). Compré un aguacate que me duró dos días, y con eso almorcé.

No hice gran cosa el resto del día. Videojuegos, algo de ropa lavada, doblar otra. También vi media temporada de un anime nuevo que me encantó. Ah, y pagué la seguridad social que debía. Dos meses. Casi 900 mil pesos que me dolieron más que un desamor. Pero ya está, ya no debo eso. Pensé que este contrato me daría aire. Que con más dinero, tendría más libertad. Pero fue como inflar un globo con huecos: pagué deudas viejas, los gastos del viaje de mis padres para la graduación y el cumpleaños, alimentación, hospedaje, transporte… y aún debo más de cuatro millones de pesos repartidos en tarjetas, computador, préstamos familiares y el silencio.

Pero, al menos, me gradué. Al menos pagué lo del diploma, la apostilla, el envío. Espero que llegue en octubre. Como una carta que me debo a mí mismo.

Ayer también me escribió una chica. Contacto de una amiga que conocí en la graduación. Me habló de una vacante para coordinador logístico con inglés. Dijo que no contara que no tenía experiencia directa. Me pidió un audio de dos minutos en inglés. Y entré en pánico. No contesté. Mi inglés es más intuición que fluidez. A veces me trabo, pero me defiendo. En el aeropuerto, cuando los viajeros angloparlantes se me acercan, otros se ofrecen a ayudar y yo solo digo: “tranquilos, estoy bien”. Aunque no siempre lo esté.

Y esta mañana fui a hacerme un examen de sangre. Ayunas. Rutina. Al salir, me premié con un trozo de chocolate como quien se permite un suspiro. Después fui al Ara. Compré avena, té chai (por curiosidad), unas gomitas y maíz para palomitas. Quiero llevarlo al parque. No sé por qué, pero quiero. Quizá para tener algo que hacer mientras el mundo gira sin mí.

-Dante


domingo, 15 de marzo de 2026

Crónicas diarias (Parte 11)

 

Una casa compartida por horas y emociones


En un rincón donde Bogotá empieza a parecer más cielo que ciudad, Lucas habitaba no una casa, sino una especie de refugio temporal, una trinchera emocional montada sobre colchonetas, horarios cruzados y una dignidad que no pedía permiso. Esa semana, que al ojo ajeno podría parecer una más en el calendario, fue en realidad un péndulo que oscilaba entre la hospitalidad desbordante y el cansancio emocional de quien siempre da más de lo que recibe.

Todo comenzó con una visita que prometía ser breve, casi accidental. La mamá de su mejor amiga, esa figura que carga con el juicio implícito de las madres que no son propias, llegó con maleta ligera pero con muchas opiniones. Lucas, que no solo abre la puerta sino también el alma cuando alguien cruza el umbral de su hogar, sirvió café con pan como quien sirve la memoria: cálida, cotidiana, necesaria. Luego, casi con ternura ritual, preparó té chai, ese pequeño lujo de sabor y especias que guarda para momentos especiales. Pero el gesto fue rechazado sin contemplaciones. La mujer arrojó el té por el lavaplatos como quien desecha un regalo sin abrir. No dijo mucho, pero el desaire se sintió como un golpe seco al afecto de Lucas, que no entendía cómo algo ofrecido con amor podía terminar en el desagüe.

La casa, que ya se sentía pequeña para tanto desencuentro, se llenó aún más con la llegada de la mejor amiga y su novio. Lucas, en un acto que pocos entienden pero que los que conocen su corazón identifican de inmediato, cedió su cama sin dudar. Dormiría en el suelo, acompañado por sus pensamientos y el frío que no se combate con cobijas, sino con resignación. Cocinó para los tres como si fuera una familia que funcionara: arroz con verduras, chuleta frita, bebida de mora. Sirvió la mesa como se sirve el afecto. Pero algo en la dinámica lo incomodaba. El novio apenas hablaba, la amiga parecía ajena a su cansancio, y Lucas, una vez más, se convirtió en el anfitrión silencioso que sostiene la armonía a costa de su propia paz.

Mientras tanto, la vida no se detenía. En el trabajo, Lucas enfrentaba un ambiente que lo desgastaba más de lo que lo nutría. Compañeros que respondían con frialdad o hipocresía a su trato amable. Comentarios que disfrazaban la burla de chiste inofensivo. Y sobre todo, esa sensación de estar siempre un poco fuera de lugar, como si la ética que lo guía fuese una lengua muerta en un mundo de códigos egoístas. Una tarde, después de varios desplantes, no se contuvo más. Habló con el jefe, con respeto pero sin miedo. Le dijo que lo que sucedía era injusto, y aunque el lo escuchó, no pasó nada. No cambió nada. Y esa inmovilidad institucional fue un golpe más duro que cualquier reproche directo.

Esa semana también fue la de los pequeños gestos de sobrevivencia emocional. Lucas tiene un monedero en forma de rana, verde y absurdo, pero adorable. Lo eligió porque le recordó que aún podía encontrar ternura en medio del caos. Caminó largas horas por el centro buscando apartamentos, rechazó ofertas laborales que sabían a cárcel horaria, se preparó sopa de costilla porque a veces cocinar es el único acto de cuidado propio que resiste al cansancio. Leyó libros, escuchó podcast, trató de hablar con su mamá aunque no siempre supo qué decir.

La llamada con su amiga desde el otro lado del mundo, fue otro intento de conexión real. Pero la madre de su amiga, otra vez ella, se apropió del teléfono y del momento, preguntando por México, por el trabajo, por sí misma. Lucas cedió el auricular con una mezcla de resignación y rabia muda. Nadie parecía darse cuenta de que él también necesitaba ser escuchado.

Una noche, mientras sus invitados dormían profundamente en la cama que ya no era suya, Lucas escribió en su mente un poema que no se atrevió a pasar al papel. Hablaba de la extrañeza de sentirse huésped en su propio hogar, de la violencia sutil del desinterés, del valor de ser quien cuida cuando nadie más lo hace. Pensó en su vida como un rompecabezas armado con piezas prestadas, con afectos incompletos, con promesas no dichas. Y sin embargo, al día siguiente, volvió a preparar el desayuno, a lavar los platos, a ser el sostén invisible de una convivencia que nadie valoraba del todo.

Así transcurrió la semana de Lucas. Entre la dignidad de quien no pide nada, la tristeza de quien observa sin ser visto, y la nobleza silenciosa de quien sigue siendo amable incluso cuando el mundo no lo es. Porque si algo tiene claro, es que su historia merece ser contada. Aunque sea en voz baja. Aunque sea entre dos sorbos de té chai.

-Lucas



lunes, 2 de marzo de 2026

Crónicas diarias (Parte 10)

 

Una semana entre platos servidos


En una pequeña habitación alquilada en Fontibón, donde los ruidos de la calle se cuelan como inquilinos sin renta y el tiempo parece diluirse entre rutas de buses y rutinas repetidas, Sebas prepara café. No es solo una bebida; es un gesto. Cada taza tiene la intención de quien, habiendo recibido poco en su vida, aprendió a darlo todo en pequeños actos. La cucharilla gira dentro de la taza como los pensamientos en su cabeza, siempre revolviéndose, siempre medidos.

Esa semana no comenzó ni terminó; simplemente se extendió como una sábana mal tendida sobre una cama prestada. La madre de su mejor amiga llegaría. Sebas ordenó su espacio, compró pan calientito, y preparó el mejor café que podía con lo poco que había. Les ofreció también un té chai que guardaba como se guardan los detalles que uno quiere compartir sólo con quienes realmente importan. Pero el gesto fue desechado sin ceremonia, cuando la madre, sin decir palabra, lo vació en el lavamanos. No fue solo un té derramado: fue una falta de respeto que golpeó directo a la sensibilidad que Sebas ha cultivado como se cultivan las flores en el desierto: con esfuerzo y con sed de reciprocidad.

La conversación que seguiría no fue mejor. Una videollamada con su amiga desde Estados Unidos, parecía una oportunidad para sanar la distancia, para reír como antes. Pero pronto fue interrumpida por la misma madre, que se apoderó del teléfono como si fuera una agencia de turismo improvisada: "Lléveme a México, ¿sí?". Sebas, con una sonrisa forzada, entendió que esa llamada, que debía ser suya, se le escapaba entre los dedos como casi todo lo que intenta sostener sin herir.

Pasaron las horas. Su amiga vino con su novio. No habían avisado bien. El tono era más de invasión amable que de visita cordial. Sebas, como anfitrión sin salario, volvió a cocinar. Arroz con verduras, chuleta apanada, y algo que los hiciera sentir en casa, aunque fuera su casa la que se volviera ajena. Cedió la cama. Durmió en el suelo. Soportó el desorden, el ruido, el olor en su ropa. Calló cuando debió hablar. Habló cuando nadie lo escuchaba.

Mientras tanto, en el trabajo, las tensiones crecían como moho en una esquina húmeda. Compañeros que critican con sonrisas falsas, supervisores que castigan la iniciativa, gente que llega tarde, pero exige ser reconocida. Sebas, cansado, respondió lo justo a un reclamo absurdo: "Me parece injusto que me llamen la atención cuando fui yo quien resolvió la situación". No gritó. No insultó. Solo dijo la verdad, esa que incomoda más que cualquier grito. Y lo miraron como se mira al raro que no acepta el juego sucio.

Esa noche volvió a casa. Nadie lo esperaba. Nadie preguntó cómo le fue. Lavó la ropa. Hizo sopa de costilla, porque en su mundo eso es un abrazo. Releyó algunas páginas de un libro. Salió a caminar por calles que no ofrecen respuestas. Buscó apartamentos para mudarse, pero ninguno lo convenció. Lo querían lejos, lo querían caro, lo querían incómodo. Como si el mundo entero fuera una casa a la que no lo invitan con gusto.

Compró galletas. Muchas. Las galletas no traicionan. El monedero con forma de rana, pequeño capricho en medio del caos, le dio más alegría que muchos rostros conocidos. Porque Sebas, aunque a veces lo olvide, se sigue regalando cosas bonitas. Como el tiempo para escribir. Como la capacidad de sentir. Como el silencio que deja cuando decide no discutir.

Y ahí quedó la semana. Entre platos servidos, camas cedidas, silencios incómodos, entrevistas no logradas y sueños postergados. Pero también quedó Sebas, intacto en su esencia, aferrado a la dignidad, a la ternura que aún lo habita y al amor propio que construye con cucharadas de sopa, con libros usados y con palabras que nadie más escribe, pero que algún día alguien leerá como quien encuentra una carta en una botella: demasiado sincera para ser ignorada.

Por qué aunque el mundo no lo vea, Sebas está contando su historia. Y esa historia, aunque tenga días grises, tiene más luz que muchas otras que se narran en voz alta sin saber realmente lo que es vivir con el alma expuesta como él lo hace, cada día sin pedir permiso.

- Sebas




domingo, 15 de febrero de 2026

Crónicas diarias (Parte 9)

 

Los fantasmas que vuelven 


No hay semana tranquila para el que arrastra cicatrices abiertas. A veces uno cree que ya cerró una historia, que dejó atrás a los espectros, que los "te extraño" quedaron archivados en una caja sin llave. Pero basta una foto, una palabra, una aparición repentina por chat para que los recuerdos se cuelen, como viento helado por la rendija de una ventana mal cerrada.

Esta semana, Alejo recibió dos visitas inesperadas. No tocaron la puerta. Simplemente llegaron. Una desde el pasado lejano, allá en Cúcuta, donde comenzó la historia de su primer ex. Un vínculo que se convirtió en relación a distancia, mal sostenida por hilos de afecto no correspondido, y que murió entre ausencias, mensajes no respondidos y una traición accidental (no por deslealtad), sino por esa mezcla de inmadurez y hambre de afecto que viene con la soledad.

El otro, más reciente, más cercano, también más difuso: un compañero de trabajo en Bogotá, alguien con quien compartió piel y silencios, pero nunca verdaderamente presencia. Un vínculo desigual, en el que Alejo entregó mucho más de lo que recibió, como tantas veces antes. No es que se enamorara. Es que proyectó en él una posible calma, una pausa en medio del caos. Pero ese alguien no estuvo ni cuando se le necesitaba, ni cuando el calendario marcaba celebraciones, ni cuando Alejo buscaba un abrazo que no pidiera explicaciones.

Y ahí están los dos, volviendo cuando él ya no los espera. Uno contando que ahora está saliendo con alguien más (como si eso fuera un dato que se comparte sin heridas) y el otro, lanzando preguntas triviales para iniciar una conversación que no tiene rumbo. Como si nunca hubieran desaparecido. Como si no hubiera dolor acumulado.

Pero Alejo ha aprendido. No a olvidar, porque no olvida, pero sí a protegerse. A poner límites que duelen menos que el abandono repetido. A decir “no me interesa” cuando antes callaba para no incomodar. A cortar conversaciones antes de hundirse en comparaciones crueles: “él es más delgado”, “él viaja”, “él tiene un trabajo estable”. Alejo, el que muchas veces se siente atrapado en un cuerpo que no siempre ama, en una vida que no le da tregua, en una ciudad que no termina de abrazarlo.

Pero también Alejo, el que aprendió a identificar cuándo el corazón se nubla por necesidad y no por amor verdadero. El que sospecha que no extraña a las personas, sino la idea de compañía, el ritual de compartir lo cotidiano con alguien que no huya. El que intuye que está en un bloqueo emocional, que su alma está en pausa, que necesita sanar antes de volver a confiar. Porque, como él mismo dice, “las personas son horribles”, y aunque sabe que no todas lo son, se protege tras esa generalización para no seguir sangrando.

Lo paradójico es que, en el fondo, Alejo no quiere estar solo. No desea vivir cerrado al amor, pero tampoco está dispuesto a volver a entregarse sin recibir lo mismo. Siente que ha sido usado, ignorado, traicionado. Y entonces, se ha vuelto cauteloso, como un perro callejero que ya no acepta cualquier mano extendida.

Su mejor amiga, siempre intuitiva, le dice que quizá lo buscan porque lo extrañan. Y puede que sí. Puede que muchos de los que lo dejaron atrás ahora miren con nostalgia a quien alguna vez les dio todo sin medida. Pero Alejo ya no está para juegos. Ya no quiere ser el que se queda esperando. El que pone la casa, la comida, la atención, mientras el otro decide si vale la pena quedarse.

Y así se va armando su historia, con pedazos de adiós y trozos de resistencia. Como un rompecabezas que no encaja con cualquiera, pero que se rehace con dignidad. Porque Alejo sigue buscando lo que pocos ofrecen: verdad, entrega, presencia. Y hasta que lo encuentre, seguirá escribiendo sus crónicas, cerrando ciclos, bloqueando fantasmas y cultivando su mundo interior.

Porque no es frío, aunque a veces se comporte como tal. Es un corazón en pausa, esperando que la vida le devuelvan el calor.

- Alejo 




martes, 3 de febrero de 2026

Cartas malditas sin destinatario (de mi para nadie) parte 24 (FINAL)

 

Carta 24 (FINAL)

SIEMPRE
ILUMINAME O ELIMINALOS.

TU LUZ SE EXTINGUE
Y NO TENEMOS ELECCIÓN.

TE AFLIGE EL ESTAR
CONDENADO O HERIDO
MIENTRAS ME RINDO FACILMENTE.

NUESTRA MENTALIDAD ESTA CORROMPIDA
¿LO ACEPTAS?
ES ALGO TRÁGICO,
LA ACCION TIENE PODER
Y TODOS SOMOS PERDEDORES
SIN CONSECUENCIAS NI REPERCUSIONES,
SIMPLEMENTE NO LO MERECEMOS.

HAY UNA EXISTENCIA A LA VEZ,
AUN PERMANECE LA SOLEDAD,
PERO SIGO LUCHANDO.

LOS ODIO A TODOS,
ELLOS NO NOS QUIEREN.
ES UN LABERINTO EMOCIONAL
MAS ALLA DE LAS ESTRELLAS
DONDE GRITARÉ PARA NO VOLVER
A SER HUELLAS EN LA ARENA.

FINAL






Parte A:





Parte B:





Parte C:





Parte D:


jueves, 15 de enero de 2026

Crónicas diarias (Parte 8)

 

Entre anillos perdidos y libros encontrados


Capítulo I: Silencio y sopa de costilla


Hay días en que el alma necesita silencio para poder gritar sin ser interrumpida. Daniel, esta semana, se dio ese permiso. En medio del torbellino que ha sido su rutina, entre trabajos fugaces y promesas de empleo que no se cumplen, decidió algo profundamente radical: descansar. Comer sopa de hueso de costilla de res como si cada cucharada fuera un escudo contra el desencanto, jugar y ver anime hasta tarde como si pudiera detener el tiempo. Fue un día de reconexión con su niño interno, ese que aún se maravilla con lo simple, que encuentra en el arroz y la carne un poema, y que agradece el silencio como quien agradece una caricia.


Capítulo II: El desvío necesario


El segundo día vino con su dosis de realismo mágico bogotano. Tomó el bus como quien se sube a un tren de pensamientos, y en lugar de su camino habitual al médico, se desvió. En ese pequeño acto de rebeldía urbana encontró un colegio salesiano, un hospital universitario y un pedazo de la ciudad que no conocía. A veces, perderse un poco es la única manera de encontrarse. Compró un bloqueador solar y un chicle, como si prepararse para enfrentar el sol y refrescar el aliento fuera un rito de paso para un día de introspección.


Capítulo III: Diagnóstico social


En el consultorio, la realidad de la salud pública se impuso con brutal claridad. Meses esperando una cita dermatológica, respuestas impersonales de una recepcionista desgastada por repetir la misma frase a decenas de rostros cansados. Daniel, como muchos, entendió que cuando se trata del sistema, la paciencia no es una virtud: es una condena. Pero incluso en ese sinsabor, hubo una victoria: sus resultados estaban bien. La salud se sostiene, aunque la burocracia la niegue.


Capítulo IV: El parque de los novios y el anillo sin dueño


Después del médico, Daniel caminó hacia el parque de los novios. Allí, junto al lago y los patos, cerró un ciclo: terminó un libro que lo había acompañado por semanas. En el mismo banco, el destino le regaló un símbolo: un anillo sin nombre ni historia. Era bello, pero no encajaba. Como muchas cosas en su vida. Se lo llevó, no como trofeo, sino como recordatorio de que hay cosas que se encuentran aunque no las estés buscando.


Capítulo V: Bibliotecas y revelaciones


Las bibliotecas, esos templos de lo íntimo y lo universal, lo recibieron dos días seguidos. Allí, devolvió libros como quien libera cargas emocionales, y encontró nuevos títulos como quien se enamora otra vez. Leyó a Bradbury, a Asimov, y a imitadores de Asimov que le recordaron que cada autor es una voz única. Entre cómics y cuentos, Daniel volvió a reír, a sorprenderse, a frustrarse. Redescubrió su amor por la lectura como una manera de respirar diferente, más profundo, más claro.


Capítulo VI: La noche, los zapatos y la canción


La noche cayó como un telón de teatro al cierre de una obra íntima. Salió de la biblioteca con sus nuevos libros, intercambió palabras banales con un guardia que lo hizo sentir humano, y emprendió el camino a casa. Un perro le ladró, un puente metálico le recordó que los zapatos también tienen fecha de caducidad, y en sus oídos sonaba una melodía que mezclaba jazz y memoria. Sonrió, porque a pesar del desgaste, aún había belleza en su andar.


Epílogo: Lo que se queda y lo que se va


Cada detalle de estos días —la sopa, el desvío, la biblioteca, el anillo, los zapatos rotos— es un verso suelto de un poema más grande que Daniel sigue escribiendo con cada paso. Hay desilusiones, sí. RH que no llama, citas médicas que no llegan. Pero también hay resistencias hermosas: el gusto por leer, la creación de un podcast, la capacidad de estar solo sin sentirse vacío.

En esta semana, Daniel no solo vivió: se recordó. Se celebró. Se escribió. Y eso, en un mundo que exige tanto y devuelve tan poco, ya es una forma de victoria.


- Daniel



sábado, 3 de enero de 2026

Cartas malditas sin destinatario (de mi para nadie) parte 23

 

Carta 23

Lagrimas bajaron sobre mis mejillas esta noche,
tal vez rasguñe sin querer alguna parte de mis recuerdos.

Suelo pensar en los golpes emocionales que sufrí por tanto tiempo
y no me daban posibilidad de dormir.

A veces siento que no soy dueño de mi ser,
más bien me veo convertido en una sombra de lo que alguna vez pude haber sido.

Eso me recuerda a fantasmas que idealice en mis pesadillas más oscuras,
como aquellas escapatorias de un pasado desconsolado.

Aun así, rememoro aquellos hechos que me arrastraron hasta el abismo
donde mis recuerdos perduraron por mucho tiempo hasta intentar borrarlas.

Pero al querer borrar algo también pierdes una parte de tu esencia.

A SER HUELLAS EN LA ARENA.






Parte A: 



Parte B: