El abrigo y la distancia
A veces siento que mi vida se parece a una serie que nunca vi, como *Friends* o *Seinfeld*, donde cada capítulo es una mezcla de cotidianidad y absurdo, pero con el giro inesperado de que el protagonista soy yo, y el guión cambia según el día y mi estado de ánimo. He pasado por muchas cosas, algunas que parecen anecdóticas y otras que dejan cicatrices invisibles. Últimamente he estado pensando en muchas de ellas, en especial en cómo me distraigo con facilidad. He leído más, sí, pero he creado menos. He dejado de grabar los episodios del podcast, de escribir mis poemas, de postularme a concursos. Publico fotos y pensamientos en redes sociales, pero eso no me llena, no me representa del todo. Como si en vez de hablar con mi voz, usara la de otros.
La verdad es que me ha desanimado no ganar en algunos concursos, o enfrentarme al dilema de publicar bajo condiciones injustas: que me pidan dinero o que me pidan renunciar a mis derechos. Eso no lo soporto. Es como regalar pedazos de uno mismo a cambio de un aplauso vacío. Aun así, sigo leyendo. Hoy, por ejemplo, fui a la biblioteca a renovar un libro de mi autor favorito. Lo tenía vencido, pero no me cobraron porque están en programa de condonación. Sentí que el universo me daba un respiro. Me falta poco para terminarlo.
Hablé también con una amiga que vive en Estados Unidos a quien quiero mucho y le debo tanto. Ella me ayudó con el traje de grado y gran parte de la matrícula de la maestría. Nos presentó una profesora de la universidad, una mujer a la que también le debo mucho. Volver a hablar con mi amiga me recordó que no estoy tan solo como a veces creo.
Tengo dos mascaras. La de mi madre, amable, dulce, luminosa, que me permite hacer amigos con facilidad. Y la de mi padre, distante, fría, práctica. Esa hace que los pierda. El 80% de mis amistades duran menos de dos meses. Algunas apenas días. A veces me pregunto si en verdad fui parte de esas conexiones, o solo un reflejo más en el camino de otros. Es como si dentro de mí convivieran dos seres en constante conflicto: uno que quiere quedarse y otro que quiere huir antes de encariñarse.
Pienso mucho en mí. No porque me crea mejor que los demás, sino porque me esfuerzo en mantenerme en pie. Y eso a veces me aísla. No hago daño por hacer daño, pero tampoco me esfuerzo por agradar si no hay un beneficio emocional, ético o práctico para mí. La sinceridad me define, pero también me aísla. Hay quienes la confunden con arrogancia. Hay quienes no saben qué hacer con alguien que les dice lo que piensa sin adornos. Por eso amo la soledad. Me protege. Pero también, a ratos, la detesto. Porque hay días en los que desearía compartir, construir, amar.
Conocí a un chico en la FILBo. Me dio su Instagram. Era todo lo que yo no soy: profesional en negocios internacionales, con viajes a Berlín y México, gimnasio, cuerpo trabajado, amigos en todas partes. Me sentí pequeño a su lado. Como si yo fuera un borrador de alguien que nunca terminé de escribir. Yo, que no tengo un trabajo estable, que no soy deportista, que me distraigo con el frío en la biblioteca, que procrastino y que a veces almuerzo con pollo y arequipe porque no sé cómo cuidar de mí mismo.
No siento que sea la mejor versión de mí. Aunque me esfuerzo, aunque saco buenas notas, aunque estudio y aprendo y leo. Me frustra no saber cómo traducir todo eso en algo concreto. En una vida que se sienta mía. Me gusta viajar, pero no tengo el dinero. Me gustaría trabajar en algo que me lo permita, aunque sea lavando baños en un crucero. Me ofrecieron una entrevista para un empleo mal pagado, pero coincidía con el horario del que ya tengo. No la acepte. Me cuesta decir si fue decisión o resignación.
Sé que debería cuidarme más. Comer mejor. No llenarme de azúcar por impulso. Ser más coherente. Pero soy como una balanza que nunca se queda quieta. Que tiembla incluso cuando nadie la toca. Siento que no soy suficiente para un chico 10. Quiero una relación, pero cuando la tengo, no me basta. Y me muestro como soy, dividido. Si no te gusta, te alejo. Pero si te vas, me duele. Amo a quienes se quedan pese a todo. Y cuando me fallan, lloro. Ya no tanto como antes, en la universidad, pero aún lloro por las noches.
Me saboteo. Yo soy mi obstáculo. Sé que no debería quejarme. Que he logrado cosas que muchos no. Pero también sé que quiero vivir sin preocupaciones y que, de alguna forma, yo mismo las provoco.
Y aquí es donde aparece el dilema del erizo. Ese experimento emocional. Dice que los erizos, para no morir de frío, deben acercarse. Pero si se acercan demasiado, se hieren con sus púas. Entonces se alejan. Pero si se alejan mucho, mueren congelados. Así soy yo. Quiero acercarme, pero temo herir o ser herido. Quiero amar, pero temo mostrar mis púas. Me acerco, luego huyo. Me alejo, luego extraño. Y en ese vaivén se me va la vida, tratando de encontrar una distancia justa entre el frío del mundo y el dolor de mis espinas.