viernes, 15 de mayo de 2026

Crónicas diarias (Parte 15)

 

El abrigo y la distancia


A veces siento que mi vida se parece a una serie que nunca vi, como *Friends* o *Seinfeld*, donde cada capítulo es una mezcla de cotidianidad y absurdo, pero con el giro inesperado de que el protagonista soy yo, y el guión cambia según el día y mi estado de ánimo. He pasado por muchas cosas, algunas que parecen anecdóticas y otras que dejan cicatrices invisibles. Últimamente he estado pensando en muchas de ellas, en especial en cómo me distraigo con facilidad. He leído más, sí, pero he creado menos. He dejado de grabar los episodios del podcast, de escribir mis poemas, de postularme a concursos. Publico fotos y pensamientos en redes sociales, pero eso no me llena, no me representa del todo. Como si en vez de hablar con mi voz, usara la de otros.


La verdad es que me ha desanimado no ganar en algunos concursos, o enfrentarme al dilema de publicar bajo condiciones injustas: que me pidan dinero o que me pidan renunciar a mis derechos. Eso no lo soporto. Es como regalar pedazos de uno mismo a cambio de un aplauso vacío. Aun así, sigo leyendo. Hoy, por ejemplo, fui a la biblioteca a renovar un libro de mi autor favorito. Lo tenía vencido, pero no me cobraron porque están en programa de condonación. Sentí que el universo me daba un respiro. Me falta poco para terminarlo.


Hablé también con una amiga que vive en Estados Unidos a quien quiero mucho y le debo tanto. Ella me ayudó con el traje de grado y gran parte de la matrícula de la maestría. Nos presentó una profesora de la universidad, una mujer a la que también le debo mucho. Volver a hablar con mi amiga me recordó que no estoy tan solo como a veces creo.


Tengo dos mascaras. La de mi madre, amable, dulce, luminosa, que me permite hacer amigos con facilidad. Y la de mi padre, distante, fría, práctica. Esa hace que los pierda. El 80% de mis amistades duran menos de dos meses. Algunas apenas días. A veces me pregunto si en verdad fui parte de esas conexiones, o solo un reflejo más en el camino de otros. Es como si dentro de mí convivieran dos seres en constante conflicto: uno que quiere quedarse y otro que quiere huir antes de encariñarse.


Pienso mucho en mí. No porque me crea mejor que los demás, sino porque me esfuerzo en mantenerme en pie. Y eso a veces me aísla. No hago daño por hacer daño, pero tampoco me esfuerzo por agradar si no hay un beneficio emocional, ético o práctico para mí. La sinceridad me define, pero también me aísla. Hay quienes la confunden con arrogancia. Hay quienes no saben qué hacer con alguien que les dice lo que piensa sin adornos. Por eso amo la soledad. Me protege. Pero también, a ratos, la detesto. Porque hay días en los que desearía compartir, construir, amar.


Conocí a un chico en la FILBo. Me dio su Instagram. Era todo lo que yo no soy: profesional en negocios internacionales, con viajes a Berlín y México, gimnasio, cuerpo trabajado, amigos en todas partes. Me sentí pequeño a su lado. Como si yo fuera un borrador de alguien que nunca terminé de escribir. Yo, que no tengo un trabajo estable, que no soy deportista, que me distraigo con el frío en la biblioteca, que procrastino y que a veces almuerzo con pollo y arequipe porque no sé cómo cuidar de mí mismo.


No siento que sea la mejor versión de mí. Aunque me esfuerzo, aunque saco buenas notas, aunque estudio y aprendo y leo. Me frustra no saber cómo traducir todo eso en algo concreto. En una vida que se sienta mía. Me gusta viajar, pero no tengo el dinero. Me gustaría trabajar en algo que me lo permita, aunque sea lavando baños en un crucero. Me ofrecieron una entrevista para un empleo mal pagado, pero coincidía con el horario del que ya tengo. No la acepte. Me cuesta decir si fue decisión o resignación.


Sé que debería cuidarme más. Comer mejor. No llenarme de azúcar por impulso. Ser más coherente. Pero soy como una balanza que nunca se queda quieta. Que tiembla incluso cuando nadie la toca. Siento que no soy suficiente para un chico 10. Quiero una relación, pero cuando la tengo, no me basta. Y me muestro como soy, dividido. Si no te gusta, te alejo. Pero si te vas, me duele. Amo a quienes se quedan pese a todo. Y cuando me fallan, lloro. Ya no tanto como antes, en la universidad, pero aún lloro por las noches.

Me saboteo. Yo soy mi obstáculo. Sé que no debería quejarme. Que he logrado cosas que muchos no. Pero también sé que quiero vivir sin preocupaciones y que, de alguna forma, yo mismo las provoco.


Y aquí es donde aparece el dilema del erizo. Ese experimento emocional. Dice que los erizos, para no morir de frío, deben acercarse. Pero si se acercan demasiado, se hieren con sus púas. Entonces se alejan. Pero si se alejan mucho, mueren congelados. Así soy yo. Quiero acercarme, pero temo herir o ser herido. Quiero amar, pero temo mostrar mis púas. Me acerco, luego huyo. Me alejo, luego extraño. Y en ese vaivén se me va la vida, tratando de encontrar una distancia justa entre el frío del mundo y el dolor de mis espinas.

- Adrián





sábado, 2 de mayo de 2026

Crónicas diarias (Parte 14)

 

Un día cualquiera (o eso parece)


Amanecí tarde, con el corazón algo más somnoliento que el cuerpo, y el estómago rugiendo como una bestia sin dueño. El desayuno no alcanzó a escribirse en la página de ese día, así que lo improvisé entre calles: un pastel de arroz con carne y un jugo de naranja en bolsa, esa fineza tropical empaquetada en plástico y nostalgia.

Temí llegar tarde al trabajo. Dos buses separaban mi cama del deber, y las monedas en mi bolsillo escaseaban como el silencio en una ciudad ruidosa. A falta de efectivo, me aferré a la fe del transporte público. Contra toda lógica urbana, los buses fueron puntuales —una rareza que solo se explica por la intervención de un dios menor del caos. Llegué a tiempo.

Mi jefe no fue. Tal vez la providencia quiso ahorrarme palabras. Mis compañeros, como siempre, orbitaban en un sistema solar diferente. No hay gravedad que nos una. El turno fue corto, pero cada encuesta a los viajeros pesaba como una conversación forzada en un funeral. Mi máscara amable funcionó. Otra vez.

Al salir, un almuerzo improvisado: arroz chino, camarones y un rollito primavera. Sazonado con soledad y un hit de mora. Almorcé solo, como tantas veces, aunque a veces, en esos momentos, me siento menos solo que rodeado de los que me ignoran. Después, al baño, como un ritual: cepillo, espejo, rutina.

El bus se hizo esperar. Esperé. El bus llegó. Otro, claro, no el que necesitaba. Subí resignado y vi pasar, como una burla cruel, el correcto justo cuando ya no podía bajarme. Murphy sonreía desde algún rincón del universo.

El mototaxi fue rápido. Callado. Tan callado como yo. Cinco estrellas, aunque yo bajé a 4.93 en mi propia app. Un número me juzga sin rostro, sin réplica. Me sentí como la mujer de ese capítulo de Black Mirror, donde cada gesto es puntuado y cada error cuesta la dignidad.

La consulta odontológica fue breve. Nada grave. La limpieza quedó agendada, y el terror quedó pospuesto. Salí, pero no corrí a casa. Preferí la biblioteca. Me perdí dos horas en mundos lejanos, mientras el mundo afuera seguía girando con su absurda prisa. Me presté cinco libros. ¿Optimismo? ¿Autoengaño? Tal vez ambos.

A las seis de la tarde, otra odisea en bus. Hora pico, cuerpo a cuerpo. Casi una coreografía de incomodidades. Los audífonos murieron apenas subí. Me sentí prisionero de los decibeles ajenos. Cargaba mis libros, mis sobres de salsa agridulce robados con disimulo del restaurante, y el peso de todo lo no dicho. Pedí un asiento con educación. Me respondieron con grosería.

Llegué a casa extenuado. No quería cocinar. Pedí pizza. Más cara que antes. Pagada con la tarjeta. Deudas aliadas del hambre. Saludé a la portera con un sobre de salsa, porque uno da lo que tiene.

Subí y, como tantas veces, el veneno de los que viven conmigo se desbordó en insultos. Uno, parado en la puerta, disparó su amargura en forma de groserías. Subí las escaleras ignorando los ecos. Pero el miedo es astuto. Me llevé un hacha al baño, como Jack en El resplandor. Absurdo, lo sé. Lavarme las manos después de tocar un hacha: un sinsentido poético.

Volví al cuarto. Comí pizza. Vi un capítulo de Kuroshitsuji. La vida en 2D se siente más real que la de carne y hueso a veces. Mandé el informe al jefe. Dormí con más cansancio que sueños.

Me llamaron para un trabajo. Auxiliar de almacén. Salario mínimo, jornadas largas, dirección inexistente en el mapa. Suena a trampa disfrazada de oportunidad. Me debatí entre la necesidad y la dignidad. No decidí nada.

Hoy, lavé ropa. Otra rutina que antes era semanal y ahora me exige dos veces. Desayuné zanahorias. No por salud, sino por economía. Tengo que salir con una navaja en el bolsillo porque ya no me siento seguro ni en mi propio techo. Y aún así, no puedo mudarme. No todavía.

Pero aquí estoy. Escribiendo esto. Respirando, aunque duela. Viviendo, aunque pese. Esperando, sin saber bien qué.

- Mario