Un día cualquiera (o eso parece)
Amanecí tarde, con el corazón algo más somnoliento que el cuerpo, y el estómago rugiendo como una bestia sin dueño. El desayuno no alcanzó a escribirse en la página de ese día, así que lo improvisé entre calles: un pastel de arroz con carne y un jugo de naranja en bolsa, esa fineza tropical empaquetada en plástico y nostalgia.
Temí llegar tarde al trabajo. Dos buses separaban mi cama del deber, y las monedas en mi bolsillo escaseaban como el silencio en una ciudad ruidosa. A falta de efectivo, me aferré a la fe del transporte público. Contra toda lógica urbana, los buses fueron puntuales —una rareza que solo se explica por la intervención de un dios menor del caos. Llegué a tiempo.
Mi jefe no fue. Tal vez la providencia quiso ahorrarme palabras. Mis compañeros, como siempre, orbitaban en un sistema solar diferente. No hay gravedad que nos una. El turno fue corto, pero cada encuesta a los viajeros pesaba como una conversación forzada en un funeral. Mi máscara amable funcionó. Otra vez.
Al salir, un almuerzo improvisado: arroz chino, camarones y un rollito primavera. Sazonado con soledad y un hit de mora. Almorcé solo, como tantas veces, aunque a veces, en esos momentos, me siento menos solo que rodeado de los que me ignoran. Después, al baño, como un ritual: cepillo, espejo, rutina.
El bus se hizo esperar. Esperé. El bus llegó. Otro, claro, no el que necesitaba. Subí resignado y vi pasar, como una burla cruel, el correcto justo cuando ya no podía bajarme. Murphy sonreía desde algún rincón del universo.
El mototaxi fue rápido. Callado. Tan callado como yo. Cinco estrellas, aunque yo bajé a 4.93 en mi propia app. Un número me juzga sin rostro, sin réplica. Me sentí como la mujer de ese capítulo de Black Mirror, donde cada gesto es puntuado y cada error cuesta la dignidad.
La consulta odontológica fue breve. Nada grave. La limpieza quedó agendada, y el terror quedó pospuesto. Salí, pero no corrí a casa. Preferí la biblioteca. Me perdí dos horas en mundos lejanos, mientras el mundo afuera seguía girando con su absurda prisa. Me presté cinco libros. ¿Optimismo? ¿Autoengaño? Tal vez ambos.
A las seis de la tarde, otra odisea en bus. Hora pico, cuerpo a cuerpo. Casi una coreografía de incomodidades. Los audífonos murieron apenas subí. Me sentí prisionero de los decibeles ajenos. Cargaba mis libros, mis sobres de salsa agridulce robados con disimulo del restaurante, y el peso de todo lo no dicho. Pedí un asiento con educación. Me respondieron con grosería.
Llegué a casa extenuado. No quería cocinar. Pedí pizza. Más cara que antes. Pagada con la tarjeta. Deudas aliadas del hambre. Saludé a la portera con un sobre de salsa, porque uno da lo que tiene.
Subí y, como tantas veces, el veneno de los que viven conmigo se desbordó en insultos. Uno, parado en la puerta, disparó su amargura en forma de groserías. Subí las escaleras ignorando los ecos. Pero el miedo es astuto. Me llevé un hacha al baño, como Jack en El resplandor. Absurdo, lo sé. Lavarme las manos después de tocar un hacha: un sinsentido poético.
Volví al cuarto. Comí pizza. Vi un capítulo de Kuroshitsuji. La vida en 2D se siente más real que la de carne y hueso a veces. Mandé el informe al jefe. Dormí con más cansancio que sueños.
Me llamaron para un trabajo. Auxiliar de almacén. Salario mínimo, jornadas largas, dirección inexistente en el mapa. Suena a trampa disfrazada de oportunidad. Me debatí entre la necesidad y la dignidad. No decidí nada.
Hoy, lavé ropa. Otra rutina que antes era semanal y ahora me exige dos veces. Desayuné zanahorias. No por salud, sino por economía. Tengo que salir con una navaja en el bolsillo porque ya no me siento seguro ni en mi propio techo. Y aún así, no puedo mudarme. No todavía.
Pero aquí estoy. Escribiendo esto. Respirando, aunque duela. Viviendo, aunque pese. Esperando, sin saber bien qué.
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