David también soy yo
Anoche vi una película que me partió en dos: AI, Inteligencia Artificial. No iba ni por la mitad cuando ya sentía un nudo que no se me ha soltado ni escribiendo esto. No era solo la historia de un robot que quería ser amado. Era la historia de alguien que, como yo, ha aprendido a caminar por este mundo con la esperanza de que un día lo quieran sin condiciones, aunque no sea del todo humano, aunque no sepa del todo cómo encajar.
Llegué del trabajo, cansado, como siempre. Me preparé pasta con salsa de atún —cebolla caramelizada, zanahoria, tomate, pimentón, un poco de jengibre, cilantro al final. La vida, en sus detalles pequeños, sabe bien. Hasta serví en plato hondo de porcelana, con salsa BBQ por encima, papas fritas aparte, malta Leona para cerrar. A veces siento que eso es lo más cercano a un ritual de cuidado que tengo conmigo mismo: cocinar para no olvidarme de que existo.
Luego me senté, vi anime un rato, jugué cartas online, y por fin puse la película. A medida que avanzaba, no podía evitar pensar en mí. En lo mucho que he cambiado. En cómo pasé de amar la fantasía y los isekai a sentirme atrapado por la ciencia ficción. ¿Por qué? Quizá porque en ella puedo ver reflejadas mis preguntas más íntimas. Los robots, los androides, las inteligencias artificiales: todos esos personajes que parecen tan lejanos, en el fondo, se sienten como yo. Humanos que no son del todo humanos. Almas que sienten, pero no siempre son reconocidas.
Vi la película hasta el final, sin jugar ni distraerme. Algo raro en mí últimamente. Y cuando terminó, me sentí devastado. Pero también lleno de algo hermoso. Lloré. Después de tanto tiempo de no llorar. No por la historia que vi, sino por la historia que llevo dentro. Por todo lo que he reprimido para poder funcionar. Por los días en los que he fingido fuerza cuando solo quería que alguien me abrazara sin preguntar nada.
A veces pienso que sería más fácil tener un amigo robot. Alguien que no juzgue si un día soy frío y al otro cálido. Que no se aleje cuando no sé cómo explicar que mi silencio no es rechazo, sino miedo. Que entienda que controlo mis emociones porque cuando no lo he hecho, me han herido sin piedad.
Una parte de mí se ha sentido culpable por ser así. Por sentir tanto y esconderlo. Por desear compañía y al mismo tiempo alejarla. Pero esta noche, entre lágrimas y recuerdos, me permití entenderme un poco más.
Sí, David también soy yo.
Soy ese niño grande que solo quiere que alguien le diga: "Te veo, te escucho, no tienes que demostrar nada." Y aunque la vida siga siendo difícil, aunque a veces parezca que no hay espacio para quienes sienten demasiado, sigo aquí. Cocinando, soñando, viendo películas que me desgarran pero también me reconstruyen.
Y ahora que terminé de escribir esto, respiro mejor. Como si dentro de mí algo finalmente hubiera encontrado voz.
Porque al fin y al cabo: “Es difícil vivir, pero si no lo intentas, no tiene caso.”
Si un día lees esto y te reconoces, también eres David. También estás hecho de ternura oculta, de lágrimas que no saben por dónde salir, de amor esperando ser correspondido.
Y eso, aunque duela, también es hermoso.
- David

