miércoles, 15 de julio de 2026

Crónicas diarias (Parte 19)

 

Días de Chopin


Ayer empecé a trabajar a las 3 a.m. Me desperté antes, sin sueño, quizá por haberme acostado a las 9 p.m. después de cenar temprano. Antes de dormir practiqué un poco con mi nuevo piano, usando los audífonos para no despertar a nadie. Toqué con la mano izquierda un fragmento de un minuto del Nocturne Op. 9 de Chopin. Es una pieza que ya había ensayado con mi controlador MIDI, pero ahora la sentí diferente, más viva, más real.

Como no tenía sueño, me alisté. Preparé café para llevar y pedí un carro por Indriver, una app que casi no uso porque no aceptaba tarjeta, pero ahora tenía algo de efectivo gracias a lo que había ahorrado del último sueldo. Me salió 4 mil pesos más barato que Uber o Didi. El conductor hablaba sin parar sobre el mal estado de las calles y la corrupción en Colombia. Yo solo respondía de vez en cuando con los audífonos puestos.

Llegué temprano al aeropuerto. El jefe ya estaba allí. Charlamos media hora mientras llegaban los compañeros. Me ofreció un ponqué que comí con el café que llevé. Ese detalle, pequeño pero humano, me hizo sentir un poco mejor.

Ese día hubo muchos vuelos. Nos repartimos ocho entre tres personas. Yo cubrí cinco, a veces compartiéndolos con uno o dos compañeros. Un vuelo se canceló, otro se perdió. Aun así, todo salió bien y salí más temprano de lo esperado. En el bus de regreso puse mi música: Alaska y Dinarama, todo el trayecto con canciones como "La voz humana", "Un millón de hormigas", "No es pecado", "Entre las llamas". Esa música me recuerda que no estoy solo, que otros también han sentido lo que yo.
Al bajarme, compré un pastel de yuca, uno para ese momento y otro para la cena. Al llegar, recogí la ropa, comí, hice el backup de los datos del trabajo y los envié por correo al jefe. Luego, simplemente, me puse a pensar.

No sé por qué me pasa, pero hay momentos en los que pienso demasiado en la gente que veo. En el señor que vende bases de silicona para freidoras de aire en la esquina de mi conjunto. Se queda hasta tarde con su cajita, llamando a la gente, y nadie lo mira. En la muchacha que trabaja vendiendo hamburguesas, que estudia también, que a veces deja el trabajo por estudiar y siempre sonríe aunque le hablen mal. En la señora disfrazada de payaso, mayor de 40 años, que vende dulces en los semáforos y se sienta a comer sola un sándwich. Me dan ganas de llorar. No por tristeza propia, sino por toda esa lucha silenciosa, esa dignidad en la miseria.

Después de ese bajón emocional, me acosté. Dormí hasta la tarde y me levanté con ganas de aprender algo. Me inscribí en un curso de piano en Domestika. Aproveché una promoción de un mes por un dólar. Hoy tomé la primera clase. Estuve practicando dos horas, grabándome y volviendo a grabar cuando cometía errores, hasta que salió bien. Subí uno de los videos a mis estados de WhatsApp. Recibí varios likes, incluso de exs, amigos del viaje a México, excompañeros de trabajo y familiares.
Para la cena preparé una arepa con chuleta de cerdo asada y salsa BBQ. De tomar, una aromática de yerbabuena, que cultive yo mismo. La plaga de roedores en el jardín ya no ha vuelto desde que puse salchichas envenenadas una semana. Cubría los huecos con un matero para que no afectara a mascotas. Mis yerbabuenas vuelven a crecer.

Vi otra clase del curso mientras comía, que revisaré de nuevo mañana con el piano encendido. Ahora tengo dos horas antes de dormir. Tal vez vea anime, juegue un rato o tome otra aromática. En Bogotá hay disturbios por el transporte, como siempre. A veces me da igual. Solo me queda preguntar al jefe si eso afectará la movilidad.

Y así fue un día cualquiera: madrugón, trabajo, pensamientos rotos, un poco de arte, algo de ternura, algo de ansiedad, algo de nostalgia. Un día como tantos, con tonterías, sentimentalismos y rutinas que me recuerdan que estoy vivo.

- Alex




jueves, 2 de julio de 2026

Crónicas diarias (Parte 18)

 

Comentarios entre panes y fantasmas

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Hay noches que no tienen luna.

Hay noches que, aunque haya faroles encendidos y pantallas brillantes, no alcanzan a alumbrar las sombras interiores.

Y hay noches como esta, en la que lo que te despierta no es un ruido externo, sino la sacudida sorda de un recuerdo que insiste en no morir.

Porque esta no fue una noche cualquiera. Esta fue una noche de comentarios entre panes y fantasmas.

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I. EL REGRESO DEL HOMBRE QUE NUNCA SE FUE

Estabas jugando. Esa clase de juegos que desconectan, que entretienen, que distraen del mundo y de ti mismo. Un escudo momentáneo contra la realidad. Y de repente, en medio del pixel,

una notificación.

Dos ojitos 👀. No palabras. Solo dos pequeños emoticones que son como una piedra lanzada contra el agua tranquila.

Lo conoces.

Es él.

El hombre sin título ni promesa.

El que te besó sin mirar adentro. El que fue más piel que alma. El que decidió que lo tuyo era “demasiado”. Demasiado cuerpo. Demasiada emoción. Demasiado todo.

Y tú, que te estás reconstruyendo a fuerza de rutinas, sueños en piano y pan caliente, sentiste el golpe.

No porque le extrañes, sino porque hay heridas que no se curan con bloqueos ni evasivas.

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II. CUANDO UN “CÓMO VAS” PESA MÁS QUE UN TE AMO

Hay preguntas que no son inocentes.

Ese “¿cómo vas?” no era interés. Era una cuerda lanzada para ver si aún mordías el anzuelo de su presencia.

Pero tú ya no muerdes.

Tú contestas con ironía, con rabia velada, con esa tristeza que se disfraza de sarcasmo. Porque no es solo la pregunta.

Es lo que trae detrás.

Es el comentario que alguna vez hizo:

“estás más gordo”.

“ya no me atraes como antes”.

Y aunque pasaron meses, tú lo llevas aún en la nuca como quien carga una mochila invisible.

Así que le devuelves el golpe con palabras suaves pero cargadas:

“Bueno, saludos.”

Traducción: No entres otra vez aquí con los pies sucios.

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III. LA BATALLA ENTRE EL ORGULLO Y LA SOLEDAD

Javier, en esa pequeña conversación se jugó una guerra.

De un lado estaba el deseo de no estar solo. De ver una película acompañado. De tener a quién decirle “te traje pan”.

Del otro lado, estaba tu dignidad. Tu autoestima reconstruida con parches. Tu necesidad de no volver a ser el “plan B”.

Y ganaste tú.

O perdiste tú.

O tal vez ganaste perdiendo, porque decir “adiós” duele, pero también limpia.

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IV. PAN, LECHE Y RESISTENCIA

¿Qué hace uno después de cerrar un capítulo que nunca fue libro?

Uno pone música.

Uno se pone los audífonos como quien se pone una armadura emocional.

Uno sale a caminar hasta la tienda como si eso fuera una peregrinación íntima.

Y en la bolsa va el pan. Y en el pecho va el hueco.

Pero llegas a casa.

Pones el pan en el plato. Sirves leche tibia. Y comes.

Y esa simple cena es una declaración de independencia.

Un “yo me cuido”, aunque nadie más lo haga.

Un “no necesito que me desee alguien que me negó”.

Un “no merezco estar con quien me hizo dudar de mi belleza”.

Un “yo me escojo”.

Aunque duela.

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V. LOS FANTASMAS NO MUEREN, PERO SE DESVANECEN

Los fantasmas emocionales no golpean puertas ni arrastran cadenas.

Ellos escriben mensajes casuales. Le dan like a tus estados. Se aparecen con emojis.

Y tú, valiente y tembloroso, los ignoras. O les respondes con cortesía afilada.

Porque estás aprendiendo a dejar de dar cobijo a quienes solo buscan sombra, no calor.

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VI. LA BELLEZA DE LO ORDINARIO

Esta noche no hubo fiesta, ni confesiones, ni besos.

Hubo pan y leche.

Hubo una conversación que cerraste tú, aunque la herida aún arda.

Hubo un corazón que decidió no abrir la puerta a medias.

Y eso, aunque nadie lo aplauda, es un acto radical de amor propio.

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Epílogo:

Mañana volverá la rutina. El trabajo. El transporte.

Pero esta noche, Javier, fuiste más fuerte que el eco de tus vacíos.

Y si te preguntas si hiciste bien en responder así,

piensa en el pan.

Él no necesita adornos para nutrir.

Tampoco tú.

Y los fantasmas, tarde o temprano, se cansan de aparecer

cuando ya no les temes.


- Javier