domingo, 15 de junio de 2025

Crónicas diarias (Parte 1)

 
El día que volvió el arte


Había una luz blanda filtrándose por la ventana cuando Arthur despertó. No era un sol impertinente ni una mañana de lunes. Era sábado, y eso ya tenía el color de una promesa. Sobre la mesa descansaban sueños viejos disfrazados de planes nuevos: una mochila discreta, la cédula en la billetera y una cantidad exacta de dinero en el bolsillo, la justa para no tentarse, la justa para tentarse con lo correcto.

La ciudad ya rugía, pero él caminaba entre la multitud como quien flota en una canción. Su destino: la FILBo. Más que una feria, un santuario. Más que libros, espejos. Allí donde otros van por ofertas, él iba por símbolos, por arte, por sentir que no todo en la vida tiene que doler para valer.

No eligió el restaurante, no hizo cuentas ni se azotó por el precio. Su amiga decidió y él, por primera vez en mucho tiempo, soltó el timón y simplemente navegó. Compartieron comida sin quejas, sin culpas, sin balanzas. En su interior, algo se acomodaba: no todo tiene que doler, se repetía, y el estómago no rugía por ansiedad, sino por hambre real, humana.

En un rincón de la feria, entre puestos apretados y murmullos de papel, encontró el stand que buscaba. "Evangelion" lo miraba desde un póster y, al fondo, los cómics de Sergio, su ilustrador favorito, lo esperaban como amigos fieles. Cruzó y vió a la mejor amiga del ilustrador. Le habló con admiración, le confesó su gratitud. No fue fanatismo, fue respeto. Fue arte reconociendo arte, aunque uno de ellos aún no lo sepa. Compró sin remordimientos. No con la compulsión del vacío, sino con la ternura de quien se regala futuro. Stickers, separadores, postales. Tesoros humildes que hablarán desde la pared de su cuarto cuando llegue la noche.

Afuera, la ciudad seguía latiendo, y justo en Domino’s, como un descanso en la marea, ocurrió el otro encuentro. Mientras hacía fila para pedir, una chica (fan también de Sergio) empezó a hablarle. No hubo coqueteo ni tensión, solo esa alegría infantil de descubrir que alguien más vibra con lo mismo que tú. Hablaron de arte, de cómo conocieron a Sergio, de sus compras. Se rieron. Fueron niños por un rato, sin pretensiones. A veces, la belleza de un momento está en que no tiene que ir a ninguna parte.

Y como si la vida estuviera escrita por un guionista amable, apareció él: El chico de Instagram. No venía de un sueño ni de una revista, sino de Instagram, de esos contactos que viven en el limbo entre el deseo y la curiosidad. No era alto, ni bronceado. Era más bien blanco, con un lunar sobre la mejilla izquierda, y una voz tan amable que desarmaba. Iba con alguien que parecía su hermano menor. Arthur lo saludó como se saluda a quien uno ya ha leído, aunque sea entre fotos.

Hablaron. Compartieron Coca-Cola, sin ceremonias, sin máscaras. Él le preguntó si tenía 18, y Arthur soltó una carcajada que le quitó diez años de encima. “Tengo 26”, respondió divertido.
Y no hubo tensión, ni vergüenza, ni adiós. Solo el presentimiento de que no todo lo que empieza bonito tiene que terminar en drama. A veces, un saludo es suficiente. A veces, compartir una bebida fría bajo el techo de Domino's ya es un poema.

Cuando cayó la tarde, y el cielo empezó a apagarse como una lámpara sin fuerza, Arthur volvió a casa con una bolsa llena y el alma un poco más ligera. No celebró con tragos, celebró con cómics. No se emborrachó de ruido, sino de tinta. Dos sándwiches y una Coca guardada completaron la ceremonia de la noche. No hubo manjar, pero sí consuelo.

Y aunque el controlador MIDI que compró hace un mes aún no le canta como él desea, aunque el piano no ha llegado, aunque los proyectos lo abruman como montañas con niebla, hoy no importó. Hoy hubo arte, hubo palabras, hubo calle. Hubo encuentro. Y con eso bastaba.

Porque ese día, Arthur no fue solo un espectador. Fue el protagonista.
El héroe discreto de una historia que nadie aplaudió, pero que lo merecía.

- Arthur




martes, 3 de junio de 2025

Cartas malditas sin destinatario (de mi para nadie) parte 16

 

Carta 16

Puedo contar las veces
en que las personas se aburrieron demasiado por algo que dije o hice,
suelen ser las mismas en que nadie presto atención a la esencia de las cosas más simples.

Nuestro interés se centra en las pequeñas por muy poco tiempo.

No nos interesan las personas, tampoco consideran lo que piensan, lo que sienten.
Solo queremos ejercer autoridad.

El amor está muy sobrevaluado y el interés se pierde letalmente;

Después no sentimos nada y permanece igual,
a fin de cuentas, cada cual termina sin la ayuda de nadie.

Los sentimientos también mueren solos.

AUN PERMANECE LA SOLEDAD.