miércoles, 15 de abril de 2026

Crónicas diarias (Parte 13)

 

Diagnósticos, distancias y decisiones


Anteayer fui al médico. Otra vez. Otra consulta más para esta dermatitis que me ha acompañado como un huésped indeseado durante años, y a la que nunca nadie le ha prestado suficiente atención. Cambian los médicos, cambian los calendarios, pero la piel sigue hablando sola, agrietándose, pidiendo ser escuchada. Esta vez, el médico me miró distinto, con algo más que desgano: con duda, con sospecha. Me dijo que no era normal. Y yo lo sabía, lo sé desde hace años. Le hablé de mi púrpura de la infancia, de los diez kilos que subo cada año como si el tiempo se empeñara en pesarme más de la cuenta. Me pidió exámenes de sangre. Extendidos. Como si al fin quisieran descifrar el mapa oculto de lo que me pasa. La próxima semana sabré qué murmura mi sangre.

Salí del consultorio y me fui directo al trabajo. Mi cuerpo llegó puntual al aeropuerto, aunque mi cabeza seguía en la consulta. A veces creo que estoy hecho de pedazos: uno médico, otro laboral, otro familiar, otro lleno de cuentas, y algunos simplemente cansados. Me tomé mi tiempo para llegar, como siempre. No soporto el apuro, ese ritmo violento con el que el mundo parece querer atropellar todo. Me gustan las cosas lentas, como los buenos libros, como los abrazos que no se dan por compromiso.

Llamé a mi madre, como cada día. Ella nunca falla: su voz siempre está lista para decirme qué hora es, en qué debería estar pensando, y qué debería estar evitando. Tiene esa manera de quererme que se parece al miedo. Y yo tengo esa forma de responderle que se parece a la paciencia con grietas. Me reprochó por mis gastos, por los pósters y los cómics que compré en la FILBo. Le mentí, le dije que gasté menos. Me dio vergüenza decirle que prefiero eso a salir a beber con gente que ya ni me interesa. Que prefiero llenar las paredes de personajes de tinta que llenar mis noches de conversaciones vacías.

Las cuentas, ay, las cuentas. Ese monstruo silencioso que me espera en la almohada. Este mes me alcanza… apenas. Pero me alcanza. Haré malabares con los tres millones que tendré entre lo ahorrado y lo que me paguen. No es mucho, pero es lo que hay. Al menos lo suficiente para el arriendo, el mercado, la tarjeta, el transporte y los imprevistos. Siempre hay imprevistos.

Me considero paciente, sí. Aunque para algunos, eso es sinónimo de lento. Jefes pasados me lo dejaron claro, con frases llenas de desdén. Pero ya no me afectan tanto. Tal vez por eso mi mamá insiste tanto en marcarme el paso: teme que el mundo me trague por caminar distinto.

Hoy hablé con Catalina, mi mejor amiga. O bueno, recordé nuestra conversación. Ella, con sus cuatro gatos, su desorden, su vida deslavada pero fiel. Mi mamá dice que es mala influencia. A veces creo que tiene razón. A veces creo que no importa. Catalina será siempre esa amiga que, pese a sus defectos (y vaya que los tiene), no me ha soltado nunca. Aunque se aleje, aunque desaparezca por semanas, siempre regresa. Y a veces con eso basta.

Me pidió que nos fuéramos a vivir juntos. La idea me gusta... y me asusta. Por fin alejarme de los compañeros hostiles que me hacen la vida difícil, como hoy, cuando me dejaron afuera a propósito mientras ponía trampas para los ratones que dañan mis plantas. Menos mal tenía las llaves. ¿Qué hubiera hecho si no?

Pero irme con Catalina también es otro riesgo. Ella vive con su novio, quiere llevarse tres gatos (yo le dije que cuatro no), y ya la conozco: el desorden la persigue. Así que le puse reglas. Que preguntemos antes de usar lo del otro, que repartamos los gastos con justicia, que no abuse del espacio. Que si vamos a compartir casa, sea con respeto. Me dijo que el cambio sería para el 15 de junio. Justo un mes. Y yo... yo necesito tiempo para planear las salidas. Porque irme de aquí significa también enfrentar la presión de los compañeros cuando se enteren. Y sé que me harán la vida imposible en esos últimos días.

Pero... también sé que ya no quiero estar aquí. Que mi piel, mi alma, mi cuerpo entero están pidiendo aire nuevo. Y Catalina, con todo y su caos, es al menos un caos familiar.

No sé si estoy tomando la mejor decisión. Pero sé que ya no quiero seguir sintiéndome encerrado. Que si me mudo, será con condiciones. Y que si me quedo, será con consecuencias.

Y eso también es crecer.

-Pablo




jueves, 2 de abril de 2026

Crónicas diarias (Parte 12)

 

Mayo de los cuerpos cansados pero tercos


Ya he vivido con Catalina antes. Lo sé. Sé cómo cuelga su ropa interior como si el baño fuera suyo nada más, como si mis condimentos fueran comunales por decreto divino y no por cortesía compartida. Sé cómo exige limpieza con el dedo índice levantado, pero su propio rincón es una revolución desordenada. Conozco su cruzada contra las luces encendidas después de las doce —como si la electricidad a esa hora quemara el alma— y también su silencio como sentencia. Por eso, cuando me propuso mudarme el día 30, sentí que era pronto. Muy pronto. Las fechas son cuchillos a veces, uno sabe que cortan aunque no sangren todavía. Preferiría irme en la primera o segunda semana del mes, cuando el alma haya empacado sus cosas con más calma.

Después del médico, fui al trabajo. Mi supervisor no estaba ese día. Tiene un “trabajo desde casa” semanal, ese eufemismo que suena a descanso con excusa. Así que estuve solo, rodeado de dos compañeros que parecían hablar en frecuencia AM mientras yo vivía en FM. No me dirigieron la palabra salvo para repartir tareas. Yo, un satélite girando alrededor de su pequeña galaxia de risas privadas. Pero lo prefiero así. Uno de ellos fue ese "amigo" que siempre me invitaba a tomar, pero que se volvía mudo cuando llegaba la cuenta. También fue el que se besó con nuestra jefa casada. Me parecía una escena barata de una novela cara. El otro era el que me gustaba al principio, porque me derriten los que tienen pinta de nerd, los que tienen cerebro en vez de músculos de adorno. Me han dicho que tengo mal gusto, pero qué le vamos a hacer, soy sapiosexual hasta el tuétano... aunque últimamente los pelirrojos me desbaraten el sistema.

El muchacho no correspondía, claro. Era hetero. Historia de siempre. Así que me alejé. Y así va la cosa en el trabajo: soy un fantasma con turno asignado. Solo hablo con el supervisor cuando está. Es amable, músico, de buena vibra, y toca el piano... aunque trato de no encariñarme mucho. Uno aprende a no confiar demasiado. La gente cambia cuando nota que existes más de lo necesario.

Ah, pero antes o después (la memoria a veces juega a mezclar las escenas), escribí mi poema número 100. ¡Cien, carajo! Y fue uno bueno, con tu ayuda —sí, tú, lector de mis ruinas—. No he escrito mucho estos últimos tres días, pero ese poema me devolvió algo. Una certeza, quizás. Que puedo.

Ayer, sin ganas, fui a una entrevista de trabajo en zona franca. Analista de aduanas. Fui a pie. Cuarenta minutos de sol, ideas y ganas a medio hervir. Me presenté serio. Saludé a todos. Me aprendí los nombres como quien se agarra a algo para no naufragar. Hasta el de la secretaria. Le conté todo eso a la reclutadora. Y me dijo que no tenía el perfil, pero que servía para auxiliar de archivo. Archivador de memorias, pensé. Lo tomé con calma. El sueldo es menor, pero el alma no siempre puede ser exigente cuando hay cuentas que devoran más rápido que uno puede masticar.

De camino a casa, pasé frente a la empresa donde hice mis prácticas. Me invadió una nostalgia con cara de exnovio: él estaba ahí, mi ex, recostado en la ventana. No me vio. O fingió no hacerlo. A veces es lo mismo.

Seguí andando por un sendero otoñal que parecía sacado de una postal melancólica. Las hojas parecían mariposas cayendo de espaldas. Allí nació un poema querido: El sendero donde las mariposas mueren. Llegué a casa. Cociné arroz con carne de cerdo en salsa agridulce y aguacate. Comida de poeta pobre pero digno. Había ido al Éxito antes, buscando promociones como quien busca milagros: carne por diez mil, chuletas, leche, agua decente (porque la del grifo de mi casa es como beber de un charco maldito). Compré un aguacate que me duró dos días, y con eso almorcé.

No hice gran cosa el resto del día. Videojuegos, algo de ropa lavada, doblar otra. También vi media temporada de un anime nuevo que me encantó. Ah, y pagué la seguridad social que debía. Dos meses. Casi 900 mil pesos que me dolieron más que un desamor. Pero ya está, ya no debo eso. Pensé que este contrato me daría aire. Que con más dinero, tendría más libertad. Pero fue como inflar un globo con huecos: pagué deudas viejas, los gastos del viaje de mis padres para la graduación y el cumpleaños, alimentación, hospedaje, transporte… y aún debo más de cuatro millones de pesos repartidos en tarjetas, computador, préstamos familiares y el silencio.

Pero, al menos, me gradué. Al menos pagué lo del diploma, la apostilla, el envío. Espero que llegue en octubre. Como una carta que me debo a mí mismo.

Ayer también me escribió una chica. Contacto de una amiga que conocí en la graduación. Me habló de una vacante para coordinador logístico con inglés. Dijo que no contara que no tenía experiencia directa. Me pidió un audio de dos minutos en inglés. Y entré en pánico. No contesté. Mi inglés es más intuición que fluidez. A veces me trabo, pero me defiendo. En el aeropuerto, cuando los viajeros angloparlantes se me acercan, otros se ofrecen a ayudar y yo solo digo: “tranquilos, estoy bien”. Aunque no siempre lo esté.

Y esta mañana fui a hacerme un examen de sangre. Ayunas. Rutina. Al salir, me premié con un trozo de chocolate como quien se permite un suspiro. Después fui al Ara. Compré avena, té chai (por curiosidad), unas gomitas y maíz para palomitas. Quiero llevarlo al parque. No sé por qué, pero quiero. Quizá para tener algo que hacer mientras el mundo gira sin mí.

-Dante