jueves, 2 de abril de 2026

Crónicas diarias (Parte 12)

 

Mayo de los cuerpos cansados pero tercos


Ya he vivido con Catalina antes. Lo sé. Sé cómo cuelga su ropa interior como si el baño fuera suyo nada más, como si mis condimentos fueran comunales por decreto divino y no por cortesía compartida. Sé cómo exige limpieza con el dedo índice levantado, pero su propio rincón es una revolución desordenada. Conozco su cruzada contra las luces encendidas después de las doce —como si la electricidad a esa hora quemara el alma— y también su silencio como sentencia. Por eso, cuando me propuso mudarme el día 30, sentí que era pronto. Muy pronto. Las fechas son cuchillos a veces, uno sabe que cortan aunque no sangren todavía. Preferiría irme en la primera o segunda semana del mes, cuando el alma haya empacado sus cosas con más calma.

Después del médico, fui al trabajo. Mi supervisor no estaba ese día. Tiene un “trabajo desde casa” semanal, ese eufemismo que suena a descanso con excusa. Así que estuve solo, rodeado de dos compañeros que parecían hablar en frecuencia AM mientras yo vivía en FM. No me dirigieron la palabra salvo para repartir tareas. Yo, un satélite girando alrededor de su pequeña galaxia de risas privadas. Pero lo prefiero así. Uno de ellos fue ese "amigo" que siempre me invitaba a tomar, pero que se volvía mudo cuando llegaba la cuenta. También fue el que se besó con nuestra jefa casada. Me parecía una escena barata de una novela cara. El otro era el que me gustaba al principio, porque me derriten los que tienen pinta de nerd, los que tienen cerebro en vez de músculos de adorno. Me han dicho que tengo mal gusto, pero qué le vamos a hacer, soy sapiosexual hasta el tuétano... aunque últimamente los pelirrojos me desbaraten el sistema.

El muchacho no correspondía, claro. Era hetero. Historia de siempre. Así que me alejé. Y así va la cosa en el trabajo: soy un fantasma con turno asignado. Solo hablo con el supervisor cuando está. Es amable, músico, de buena vibra, y toca el piano... aunque trato de no encariñarme mucho. Uno aprende a no confiar demasiado. La gente cambia cuando nota que existes más de lo necesario.

Ah, pero antes o después (la memoria a veces juega a mezclar las escenas), escribí mi poema número 100. ¡Cien, carajo! Y fue uno bueno, con tu ayuda —sí, tú, lector de mis ruinas—. No he escrito mucho estos últimos tres días, pero ese poema me devolvió algo. Una certeza, quizás. Que puedo.

Ayer, sin ganas, fui a una entrevista de trabajo en zona franca. Analista de aduanas. Fui a pie. Cuarenta minutos de sol, ideas y ganas a medio hervir. Me presenté serio. Saludé a todos. Me aprendí los nombres como quien se agarra a algo para no naufragar. Hasta el de la secretaria. Le conté todo eso a la reclutadora. Y me dijo que no tenía el perfil, pero que servía para auxiliar de archivo. Archivador de memorias, pensé. Lo tomé con calma. El sueldo es menor, pero el alma no siempre puede ser exigente cuando hay cuentas que devoran más rápido que uno puede masticar.

De camino a casa, pasé frente a la empresa donde hice mis prácticas. Me invadió una nostalgia con cara de exnovio: él estaba ahí, mi ex, recostado en la ventana. No me vio. O fingió no hacerlo. A veces es lo mismo.

Seguí andando por un sendero otoñal que parecía sacado de una postal melancólica. Las hojas parecían mariposas cayendo de espaldas. Allí nació un poema querido: El sendero donde las mariposas mueren. Llegué a casa. Cociné arroz con carne de cerdo en salsa agridulce y aguacate. Comida de poeta pobre pero digno. Había ido al Éxito antes, buscando promociones como quien busca milagros: carne por diez mil, chuletas, leche, agua decente (porque la del grifo de mi casa es como beber de un charco maldito). Compré un aguacate que me duró dos días, y con eso almorcé.

No hice gran cosa el resto del día. Videojuegos, algo de ropa lavada, doblar otra. También vi media temporada de un anime nuevo que me encantó. Ah, y pagué la seguridad social que debía. Dos meses. Casi 900 mil pesos que me dolieron más que un desamor. Pero ya está, ya no debo eso. Pensé que este contrato me daría aire. Que con más dinero, tendría más libertad. Pero fue como inflar un globo con huecos: pagué deudas viejas, los gastos del viaje de mis padres para la graduación y el cumpleaños, alimentación, hospedaje, transporte… y aún debo más de cuatro millones de pesos repartidos en tarjetas, computador, préstamos familiares y el silencio.

Pero, al menos, me gradué. Al menos pagué lo del diploma, la apostilla, el envío. Espero que llegue en octubre. Como una carta que me debo a mí mismo.

Ayer también me escribió una chica. Contacto de una amiga que conocí en la graduación. Me habló de una vacante para coordinador logístico con inglés. Dijo que no contara que no tenía experiencia directa. Me pidió un audio de dos minutos en inglés. Y entré en pánico. No contesté. Mi inglés es más intuición que fluidez. A veces me trabo, pero me defiendo. En el aeropuerto, cuando los viajeros angloparlantes se me acercan, otros se ofrecen a ayudar y yo solo digo: “tranquilos, estoy bien”. Aunque no siempre lo esté.

Y esta mañana fui a hacerme un examen de sangre. Ayunas. Rutina. Al salir, me premié con un trozo de chocolate como quien se permite un suspiro. Después fui al Ara. Compré avena, té chai (por curiosidad), unas gomitas y maíz para palomitas. Quiero llevarlo al parque. No sé por qué, pero quiero. Quizá para tener algo que hacer mientras el mundo gira sin mí.

-Dante


No hay comentarios.:

Publicar un comentario