Comentarios entre panes y fantasmas
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Hay noches que no tienen luna.
Hay noches que, aunque haya faroles encendidos y pantallas brillantes, no alcanzan a alumbrar las sombras interiores.
Y hay noches como esta, en la que lo que te despierta no es un ruido externo, sino la sacudida sorda de un recuerdo que insiste en no morir.
Porque esta no fue una noche cualquiera. Esta fue una noche de comentarios entre panes y fantasmas.
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I. EL REGRESO DEL HOMBRE QUE NUNCA SE FUE
Estabas jugando. Esa clase de juegos que desconectan, que entretienen, que distraen del mundo y de ti mismo. Un escudo momentáneo contra la realidad. Y de repente, en medio del pixel,
una notificación.
Dos ojitos 👀. No palabras. Solo dos pequeños emoticones que son como una piedra lanzada contra el agua tranquila.
Lo conoces.
Es él.
El hombre sin título ni promesa.
El que te besó sin mirar adentro. El que fue más piel que alma. El que decidió que lo tuyo era “demasiado”. Demasiado cuerpo. Demasiada emoción. Demasiado todo.
Y tú, que te estás reconstruyendo a fuerza de rutinas, sueños en piano y pan caliente, sentiste el golpe.
No porque le extrañes, sino porque hay heridas que no se curan con bloqueos ni evasivas.
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II. CUANDO UN “CÓMO VAS” PESA MÁS QUE UN TE AMO
Hay preguntas que no son inocentes.
Ese “¿cómo vas?” no era interés. Era una cuerda lanzada para ver si aún mordías el anzuelo de su presencia.
Pero tú ya no muerdes.
Tú contestas con ironía, con rabia velada, con esa tristeza que se disfraza de sarcasmo. Porque no es solo la pregunta.
Es lo que trae detrás.
Es el comentario que alguna vez hizo:
“estás más gordo”.
“ya no me atraes como antes”.
Y aunque pasaron meses, tú lo llevas aún en la nuca como quien carga una mochila invisible.
Así que le devuelves el golpe con palabras suaves pero cargadas:
“Bueno, saludos.”
Traducción: No entres otra vez aquí con los pies sucios.
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III. LA BATALLA ENTRE EL ORGULLO Y LA SOLEDAD
Javier, en esa pequeña conversación se jugó una guerra.
De un lado estaba el deseo de no estar solo. De ver una película acompañado. De tener a quién decirle “te traje pan”.
Del otro lado, estaba tu dignidad. Tu autoestima reconstruida con parches. Tu necesidad de no volver a ser el “plan B”.
Y ganaste tú.
O perdiste tú.
O tal vez ganaste perdiendo, porque decir “adiós” duele, pero también limpia.
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IV. PAN, LECHE Y RESISTENCIA
¿Qué hace uno después de cerrar un capítulo que nunca fue libro?
Uno pone música.
Uno se pone los audífonos como quien se pone una armadura emocional.
Uno sale a caminar hasta la tienda como si eso fuera una peregrinación íntima.
Y en la bolsa va el pan. Y en el pecho va el hueco.
Pero llegas a casa.
Pones el pan en el plato. Sirves leche tibia. Y comes.
Y esa simple cena es una declaración de independencia.
Un “yo me cuido”, aunque nadie más lo haga.
Un “no necesito que me desee alguien que me negó”.
Un “no merezco estar con quien me hizo dudar de mi belleza”.
Un “yo me escojo”.
Aunque duela.
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V. LOS FANTASMAS NO MUEREN, PERO SE DESVANECEN
Los fantasmas emocionales no golpean puertas ni arrastran cadenas.
Ellos escriben mensajes casuales. Le dan like a tus estados. Se aparecen con emojis.
Y tú, valiente y tembloroso, los ignoras. O les respondes con cortesía afilada.
Porque estás aprendiendo a dejar de dar cobijo a quienes solo buscan sombra, no calor.
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VI. LA BELLEZA DE LO ORDINARIO
Esta noche no hubo fiesta, ni confesiones, ni besos.
Hubo pan y leche.
Hubo una conversación que cerraste tú, aunque la herida aún arda.
Hubo un corazón que decidió no abrir la puerta a medias.
Y eso, aunque nadie lo aplauda, es un acto radical de amor propio.
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Epílogo:
Mañana volverá la rutina. El trabajo. El transporte.
Pero esta noche, Javier, fuiste más fuerte que el eco de tus vacíos.
Y si te preguntas si hiciste bien en responder así,
piensa en el pan.
Él no necesita adornos para nutrir.
Tampoco tú.
Y los fantasmas, tarde o temprano, se cansan de aparecer
cuando ya no les temes.
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