Días de Chopin
Ayer empecé a trabajar a las 3 a.m. Me desperté antes, sin sueño, quizá por haberme acostado a las 9 p.m. después de cenar temprano. Antes de dormir practiqué un poco con mi nuevo piano, usando los audífonos para no despertar a nadie. Toqué con la mano izquierda un fragmento de un minuto del Nocturne Op. 9 de Chopin. Es una pieza que ya había ensayado con mi controlador MIDI, pero ahora la sentí diferente, más viva, más real.
Como no tenía sueño, me alisté. Preparé café para llevar y pedí un carro por Indriver, una app que casi no uso porque no aceptaba tarjeta, pero ahora tenía algo de efectivo gracias a lo que había ahorrado del último sueldo. Me salió 4 mil pesos más barato que Uber o Didi. El conductor hablaba sin parar sobre el mal estado de las calles y la corrupción en Colombia. Yo solo respondía de vez en cuando con los audífonos puestos.
Llegué temprano al aeropuerto. El jefe ya estaba allí. Charlamos media hora mientras llegaban los compañeros. Me ofreció un ponqué que comí con el café que llevé. Ese detalle, pequeño pero humano, me hizo sentir un poco mejor.
Ese día hubo muchos vuelos. Nos repartimos ocho entre tres personas. Yo cubrí cinco, a veces compartiéndolos con uno o dos compañeros. Un vuelo se canceló, otro se perdió. Aun así, todo salió bien y salí más temprano de lo esperado. En el bus de regreso puse mi música: Alaska y Dinarama, todo el trayecto con canciones como "La voz humana", "Un millón de hormigas", "No es pecado", "Entre las llamas". Esa música me recuerda que no estoy solo, que otros también han sentido lo que yo.
Al bajarme, compré un pastel de yuca, uno para ese momento y otro para la cena. Al llegar, recogí la ropa, comí, hice el backup de los datos del trabajo y los envié por correo al jefe. Luego, simplemente, me puse a pensar.
No sé por qué me pasa, pero hay momentos en los que pienso demasiado en la gente que veo. En el señor que vende bases de silicona para freidoras de aire en la esquina de mi conjunto. Se queda hasta tarde con su cajita, llamando a la gente, y nadie lo mira. En la muchacha que trabaja vendiendo hamburguesas, que estudia también, que a veces deja el trabajo por estudiar y siempre sonríe aunque le hablen mal. En la señora disfrazada de payaso, mayor de 40 años, que vende dulces en los semáforos y se sienta a comer sola un sándwich. Me dan ganas de llorar. No por tristeza propia, sino por toda esa lucha silenciosa, esa dignidad en la miseria.
Después de ese bajón emocional, me acosté. Dormí hasta la tarde y me levanté con ganas de aprender algo. Me inscribí en un curso de piano en Domestika. Aproveché una promoción de un mes por un dólar. Hoy tomé la primera clase. Estuve practicando dos horas, grabándome y volviendo a grabar cuando cometía errores, hasta que salió bien. Subí uno de los videos a mis estados de WhatsApp. Recibí varios likes, incluso de exs, amigos del viaje a México, excompañeros de trabajo y familiares.
Para la cena preparé una arepa con chuleta de cerdo asada y salsa BBQ. De tomar, una aromática de yerbabuena, que cultive yo mismo. La plaga de roedores en el jardín ya no ha vuelto desde que puse salchichas envenenadas una semana. Cubría los huecos con un matero para que no afectara a mascotas. Mis yerbabuenas vuelven a crecer.
Vi otra clase del curso mientras comía, que revisaré de nuevo mañana con el piano encendido. Ahora tengo dos horas antes de dormir. Tal vez vea anime, juegue un rato o tome otra aromática. En Bogotá hay disturbios por el transporte, como siempre. A veces me da igual. Solo me queda preguntar al jefe si eso afectará la movilidad.
Y así fue un día cualquiera: madrugón, trabajo, pensamientos rotos, un poco de arte, algo de ternura, algo de ansiedad, algo de nostalgia. Un día como tantos, con tonterías, sentimentalismos y rutinas que me recuerdan que estoy vivo.
- Alex
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