domingo, 2 de agosto de 2026

Crónicas diarias (Parte 20)

 

Días de entrevistas y noches de melancolía


La madrugada se abrió como un libro cansado: a la 1:30 a.m., cuando el mundo aún bostezaba entre sombras, Bruno ya estaba despierto, con los ojos bañados de rutina y el alma vestida de esperanza. Pan con huevo frito, el desayuno de los resistentes, café guardado como tesoro tibio, y una loza que tuvo que esperar hasta las 8 a.m. para ser parte del orden. El taxi, veloz y económico, fue una rareza en esta ciudad de relojes crueles. Lo conducía una mujer, la primera que lo llevaba por las venas nocturnas de Bogotá. Vallenato a todo volumen, como si la vida le cantara al insomnio. Y él, desde el asiento trasero, cantó también. Porque a veces cantar es sobrevivir.

Llegó antes que todos. Incluso antes del jefe. Y mientras otros aún peleaban con las sábanas, él leía. Leer era su forma de aferrarse a algo, de no perderse. El día de trabajo fue normal, lo que en su idioma significa: pesado, largo, mecánico. El turno transcurrió entre vuelos cruzados, migraciones lentas, y una fatiga que a las 6 a.m. ya lo abrazaba con manos de plomo. A las 7 salió, caminó los 15 minutos que separan su jornada de su refugio, compró un tres leches —porque la dulzura también se puede desayunar— y cayó rendido en su cama a las 8:45 a.m.

Pero el descanso no duró. A la 1:30 p.m., una llamada rompió el silencio. Era Katherine Castro, de Seaboard Trading. Una oportunidad se asomaba en medio del cansancio. Le preguntó por su vida laboral, por su inglés, por su Excel, por su presente. Y Bruno, que no sabe disfrazarse, fue honesto: habló de su trabajo como encuestador, de su salario erosionado por prestaciones, de sus escasos meses de experiencia. Pero también habló de su hambre de aprender, de su maestría recién terminada, de su título que aún viaja por el mundo para llegar con apostilla.

Acordaron una entrevista al día siguiente a las 2:30 p.m. Colgó. Llamó a su madre. Luego a su amiga, quien había sido su faro en ese mar de vacantes. Ella le explicó más sobre la empresa, le habló de barcos y granos, de comercio y fronteras, y de cómo su nombre podía ser bien visto allí. También lo regañó un poco: ¿cómo así que pidió $2.7 millones? Con todo lo que sabe, con todo lo que ha vivido, debería pedir más. Bruno solo bajó la mirada. No es fácil tasarse cuando uno siente que el alma está de oferta.

Entonces se inscribió en un curso de Power BI con inteligencia artificial. Dicen que quien no sabe, aprende. Y él, terco de fe, se prometió terminarlo antes de que cobraran la primera mensualidad. Estudió hasta que el cuerpo dijo basta. Cayó dormido con un tamal en el estómago y un piano en la cabeza. Despertó a las 9 p.m. para seguir. A veces el sueño es un lujo que no se puede pagar.

Luego llegaron los pensamientos. No los buscó. Ellos llegaron solos, como la lluvia en la madrugada. Recordó México, aquella cena final donde todos aplaudían y él no podía dejar de llorar. Sentía que no merecía estar allí, rodeado de activistas, empresarios y gente que brillaba sin esfuerzo. Él, un don nadie con el corazón lleno de grietas. Recordó también el comentario de una amiga en LinkedIn: “Recomiendo especialmente a Bruno. Además de excelente ser humano, es un gran profesional. ¡Que no se lo ganen!”. Y sintió que las palabras eran demasiado grandes para su cansancio.

Se bañó. Se rasuró. La tarde anterior, impulsado por la entrevista, hasta se cortó el cabello y se depiló las cejas en un arranque de vanidad o tal vez de necesidad de gustarse. Cenó arepa con carne de cerdo y pan. Preparó su ropa con el mismo cuidado con el que un guerrero elige su armadura.
Ahora, con el reloj biológico en huelga y el alma envuelta en insomnio, se alista para otro día más. Uno que comienza como todos: con sueño, con frío, con peso. Pero también con la terquedad de quien sigue intentándolo, aunque duela.

Porque hay días que se escriben con números —$2.7 millones, 15 minutos, 3 horas de sueño—
y hay noches que solo se pueden escribir con poesía.


- Bruno


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