lunes, 15 de junio de 2026

Crónicas diarias (Parte 17)

 

Aunque no alcance el tiempo


Hubo una semana en que el calendario parecía flotar, suspendido entre la espera de un paquete y la certeza del desdén. En un rincón de la ciudad, Marcos —que carga dos nombres como quien lleva un piano y un cuaderno— se movía entre jornadas laborales silenciosas, esquinado por compañeros que hablan con los ojos y juzgan con la boca cerrada.

En el trabajo, el contrato se estiró dos meses más, como una cuerda fina entre lo estable y lo efímero. El jefe, uno de los pocos rostros amigables, se despide pronto. Marcos lo lamenta. Las despedidas son como los silencios largos: cargan más de lo que dicen.

Y mientras tanto, el mundo seguía girando lento. Un vuelo cancelado, una sonrisa regalada por un jefe antes de partir —y qué raro es eso, sonreír en un lugar donde uno camina con la espalda recta y la boca cerrada como botón—. Porque en esos días grises, una foto con alguien que admiras o un comentario amable bastan para volver a respirar.

La casa no ofrece refugio. El hogar —si puede llamarse así— es una fortaleza hostil, donde las latas de malta desaparecen misteriosamente y los compañeros repiten el aseo como si quisieran borrar su rastro. Marcos lava, barre, trapea, y guarda pruebas fotográficas como quien documenta una batalla. La indiferencia duele más que los insultos: tiene filo, pero no deja sangre visible.

Y aún así, en medio de esa rutina encallada, algo tiembla. Una vibración en la superficie de los días.

Un paquete. Un simple timbre.

El 27 de mayo llegó un piano.

No era el controlador MIDI de hace un mes, ese que encendió la chispa, sino un piano que cabía en una caja grande, como si la música necesitara espacio para respirar. Lo recibió con una emoción callada pero vibrante, como un niño que ha esperado toda la noche a que amanezca. El instrumento venía con más de lo prometido: un micrófono, partituras, sonidos que ya vivían dormidos en su interior. Marcos los despertó, uno por uno.

Comenzó con Für Elise, como todo aprendiz que carga una historia entre los dedos. Luego se atrevió con Nocturne de Chopin, y en esas notas se le fue el alma: lloró, como siempre le pasa con el piano. Porque el piano, más que un instrumento, es una llave a una habitación que nunca ha dejado de habitar.

Por horas, los acordes se mezclaron con el sonido del ventilador, con el eco del silencio de sus compañeros, con los recuerdos. La práctica se volvió refugio. Entre un plato de espaguetis con atún, una avena con leche o una hamburguesa doble carne, Marcos tejía un puente invisible entre el pasado y lo que sueña ser. Escuchaba música de piano por Spotify y lloraba. Porque a veces no se llora por tristeza, sino por belleza. Porque lo bello duele cuando uno tiene el corazón abierto.

Y mientras tanto, los ex amores escriben. Felicitaciones vacías de quienes ya no tienen espacio en su vida. La música, en cambio, lo ocupa todo. No exige explicaciones. No se va sin avisar. Está ahí, como un espejo que no juzga, pero muestra.

Entre pensamientos y teclas, surgió una duda: ¿qué hacer con el controlador MIDI? Fue el inicio, la chispa. Ahora, el piano ocupa ese lugar. ¿Se guarda? ¿Se ofrece? ¿Se honra su rol inicial como un faro que señaló el camino? Las preguntas quedan en el aire, como las notas sostenidas por un pedal invisible.

El sueño de tocar en una banda sigue intacto. Marcos imagina giras, escenarios, una vida donde la rutina no lo devore. Piensa en Blondie, en teclados brillando bajo luces tenues. Y aunque no sepa aún cuál es su lugar, sabe que existe uno. Lo sabrá cuando llegue. Como supo que ese piano era suyo al verlo.

Ya casi es hora de dormir. A la 1 de la mañana comenzará el ritual: café, alistarse, prepararse para una jornada que no promete poesía, pero que será escrita igual.

Porque aunque no alcance el tiempo, Marcos sigue.

Y cada nota que toca es una declaración de resistencia, un poema sin versos, una manera de decir: 

"estoy aquí, no he terminado."

- Marcos




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