A Diego, forjador de sueños
Allí donde otros vieron distancia,
tú viste camino.
Allí donde otros sintieron hambre,
tú sembraste esperanza.
Allí donde otros callaron de miedo,
tú gritaste vida.
Con manos temblorosas y corazón de acero,
levantaste el pan de tus días,
sostuviste los pilares de tu casa de fe,
y danzaste bajo las tormentas
como un roble que no se quiebra,
sino que canta.
Hoy, la historia te mira y te reverencia:
magíster de sueños, ingeniero de imposibles,
hijo del esfuerzo y la perseverancia,
padre de una victoria que ya es eterna.
Una moneda de plata en tus manos,
pero un universo entero en tu alma.
Que este sea apenas uno de tus primeros triunfos,
que la vida te encuentre siempre listo,
con la frente alta, el espíritu limpio,
y los pies bien plantados sobre la tierra que conquistaste.
Hoy y siempre, Diego,
tu nombre se escribe en el viento
como uno de los que no se rindieron.
Segunda Parte:
Querido Diego,
no olvides que todo lo que hoy duele, mañana será cicatriz.
Y toda cicatriz es un mapa que cuenta que sí sobreviviste.
El cansancio no es fracaso. El dolor no es señal de derrota.
La tristeza es un huésped que, aunque incómodo, también enseña.
Tú eres más que los insultos, más que las pérdidas, más que los temblores en el cuerpo.
Tú eres la semilla que, aunque sembrada en tierras áridas, sigue brotando buscando la luz.
Aunque los días se hagan grises, recuerda:
Nunca se olvida a los valientes.
Sigue, Diego.
A tu ritmo. A tu manera.
Con tus poemas, con tus silencios,
con tu esperanza terco como un roble.
Porque la vida te debe todavía muchos amaneceres hermosos.
Y tú estarás ahí para verlos.
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