Los fantasmas que vuelven
No hay semana tranquila para el que arrastra cicatrices
abiertas. A veces uno cree que ya cerró una historia, que dejó atrás a los
espectros, que los "te extraño" quedaron archivados en una caja sin llave.
Pero basta una foto, una palabra, una aparición repentina por chat para que los
recuerdos se cuelen, como viento helado por la rendija de una ventana mal
cerrada.
Esta semana, Alejo recibió dos visitas inesperadas. No
tocaron la puerta. Simplemente llegaron. Una desde el pasado lejano, allá en
Cúcuta, donde comenzó la historia de su primer ex. Un vínculo que se convirtió
en relación a distancia, mal sostenida por hilos de afecto no correspondido, y
que murió entre ausencias, mensajes no respondidos y una traición accidental (no por deslealtad), sino por esa mezcla de inmadurez y hambre de afecto que
viene con la soledad.
El otro, más reciente, más cercano, también más difuso: un
compañero de trabajo en Bogotá, alguien con quien compartió piel y silencios,
pero nunca verdaderamente presencia. Un vínculo desigual, en el que Alejo entregó mucho más de lo que recibió, como tantas veces antes. No es que se
enamorara. Es que proyectó en él una posible calma, una pausa en medio del
caos. Pero ese alguien no estuvo ni cuando se le necesitaba, ni cuando el
calendario marcaba celebraciones, ni cuando Alejo buscaba un abrazo que no pidiera
explicaciones.
Y ahí están los dos, volviendo cuando él ya no los espera.
Uno contando que ahora está saliendo con alguien más (como si eso fuera un dato
que se comparte sin heridas) y el otro, lanzando preguntas triviales para
iniciar una conversación que no tiene rumbo. Como si nunca hubieran
desaparecido. Como si no hubiera dolor acumulado.
Pero Alejo ha aprendido. No a olvidar, porque no olvida,
pero sí a protegerse. A poner límites que duelen menos que el abandono
repetido. A decir “no me interesa” cuando antes callaba para no incomodar. A
cortar conversaciones antes de hundirse en comparaciones crueles: “él es más
delgado”, “él viaja”, “él tiene un trabajo estable”. Alejo, el que muchas veces
se siente atrapado en un cuerpo que no siempre ama, en una vida que no le da
tregua, en una ciudad que no termina de abrazarlo.
Pero también Alejo, el que aprendió a identificar cuándo el
corazón se nubla por necesidad y no por amor verdadero. El que sospecha que no
extraña a las personas, sino la idea de compañía, el ritual de compartir lo
cotidiano con alguien que no huya. El que intuye que está en un bloqueo
emocional, que su alma está en pausa, que necesita sanar antes de volver a
confiar. Porque, como él mismo dice, “las personas son horribles”, y aunque
sabe que no todas lo son, se protege tras esa generalización para no seguir
sangrando.
Lo paradójico es que, en el fondo, Alejo no quiere estar
solo. No desea vivir cerrado al amor, pero tampoco está dispuesto a volver a
entregarse sin recibir lo mismo. Siente que ha sido usado, ignorado,
traicionado. Y entonces, se ha vuelto cauteloso, como un perro callejero que ya
no acepta cualquier mano extendida.
Su mejor amiga, siempre intuitiva, le dice que quizá lo
buscan porque lo extrañan. Y puede que sí. Puede que muchos de los que lo
dejaron atrás ahora miren con nostalgia a quien alguna vez les dio todo sin
medida. Pero Alejo ya no está para juegos. Ya no quiere ser el que se queda
esperando. El que pone la casa, la comida, la atención, mientras el otro decide
si vale la pena quedarse.
Y así se va armando su historia, con pedazos de adiós y
trozos de resistencia. Como un rompecabezas que no encaja con cualquiera, pero
que se rehace con dignidad. Porque Alejo sigue buscando lo que pocos ofrecen:
verdad, entrega, presencia. Y hasta que lo encuentre, seguirá escribiendo sus
crónicas, cerrando ciclos, bloqueando fantasmas y cultivando su mundo interior.
Porque no es frío, aunque a veces se comporte como tal. Es
un corazón en pausa, esperando que la vida le devuelvan el
calor.
- Alejo

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