miércoles, 15 de julio de 2026

Crónicas diarias (Parte 19)

 

Días de Chopin


Ayer empecé a trabajar a las 3 a.m. Me desperté antes, sin sueño, quizá por haberme acostado a las 9 p.m. después de cenar temprano. Antes de dormir practiqué un poco con mi nuevo piano, usando los audífonos para no despertar a nadie. Toqué con la mano izquierda un fragmento de un minuto del Nocturne Op. 9 de Chopin. Es una pieza que ya había ensayado con mi controlador MIDI, pero ahora la sentí diferente, más viva, más real.

Como no tenía sueño, me alisté. Preparé café para llevar y pedí un carro por Indriver, una app que casi no uso porque no aceptaba tarjeta, pero ahora tenía algo de efectivo gracias a lo que había ahorrado del último sueldo. Me salió 4 mil pesos más barato que Uber o Didi. El conductor hablaba sin parar sobre el mal estado de las calles y la corrupción en Colombia. Yo solo respondía de vez en cuando con los audífonos puestos.

Llegué temprano al aeropuerto. El jefe ya estaba allí. Charlamos media hora mientras llegaban los compañeros. Me ofreció un ponqué que comí con el café que llevé. Ese detalle, pequeño pero humano, me hizo sentir un poco mejor.

Ese día hubo muchos vuelos. Nos repartimos ocho entre tres personas. Yo cubrí cinco, a veces compartiéndolos con uno o dos compañeros. Un vuelo se canceló, otro se perdió. Aun así, todo salió bien y salí más temprano de lo esperado. En el bus de regreso puse mi música: Alaska y Dinarama, todo el trayecto con canciones como "La voz humana", "Un millón de hormigas", "No es pecado", "Entre las llamas". Esa música me recuerda que no estoy solo, que otros también han sentido lo que yo.
Al bajarme, compré un pastel de yuca, uno para ese momento y otro para la cena. Al llegar, recogí la ropa, comí, hice el backup de los datos del trabajo y los envié por correo al jefe. Luego, simplemente, me puse a pensar.

No sé por qué me pasa, pero hay momentos en los que pienso demasiado en la gente que veo. En el señor que vende bases de silicona para freidoras de aire en la esquina de mi conjunto. Se queda hasta tarde con su cajita, llamando a la gente, y nadie lo mira. En la muchacha que trabaja vendiendo hamburguesas, que estudia también, que a veces deja el trabajo por estudiar y siempre sonríe aunque le hablen mal. En la señora disfrazada de payaso, mayor de 40 años, que vende dulces en los semáforos y se sienta a comer sola un sándwich. Me dan ganas de llorar. No por tristeza propia, sino por toda esa lucha silenciosa, esa dignidad en la miseria.

Después de ese bajón emocional, me acosté. Dormí hasta la tarde y me levanté con ganas de aprender algo. Me inscribí en un curso de piano en Domestika. Aproveché una promoción de un mes por un dólar. Hoy tomé la primera clase. Estuve practicando dos horas, grabándome y volviendo a grabar cuando cometía errores, hasta que salió bien. Subí uno de los videos a mis estados de WhatsApp. Recibí varios likes, incluso de exs, amigos del viaje a México, excompañeros de trabajo y familiares.
Para la cena preparé una arepa con chuleta de cerdo asada y salsa BBQ. De tomar, una aromática de yerbabuena, que cultive yo mismo. La plaga de roedores en el jardín ya no ha vuelto desde que puse salchichas envenenadas una semana. Cubría los huecos con un matero para que no afectara a mascotas. Mis yerbabuenas vuelven a crecer.

Vi otra clase del curso mientras comía, que revisaré de nuevo mañana con el piano encendido. Ahora tengo dos horas antes de dormir. Tal vez vea anime, juegue un rato o tome otra aromática. En Bogotá hay disturbios por el transporte, como siempre. A veces me da igual. Solo me queda preguntar al jefe si eso afectará la movilidad.

Y así fue un día cualquiera: madrugón, trabajo, pensamientos rotos, un poco de arte, algo de ternura, algo de ansiedad, algo de nostalgia. Un día como tantos, con tonterías, sentimentalismos y rutinas que me recuerdan que estoy vivo.

- Alex




jueves, 2 de julio de 2026

Crónicas diarias (Parte 18)

 

Comentarios entre panes y fantasmas

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Hay noches que no tienen luna.

Hay noches que, aunque haya faroles encendidos y pantallas brillantes, no alcanzan a alumbrar las sombras interiores.

Y hay noches como esta, en la que lo que te despierta no es un ruido externo, sino la sacudida sorda de un recuerdo que insiste en no morir.

Porque esta no fue una noche cualquiera. Esta fue una noche de comentarios entre panes y fantasmas.

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I. EL REGRESO DEL HOMBRE QUE NUNCA SE FUE

Estabas jugando. Esa clase de juegos que desconectan, que entretienen, que distraen del mundo y de ti mismo. Un escudo momentáneo contra la realidad. Y de repente, en medio del pixel,

una notificación.

Dos ojitos 👀. No palabras. Solo dos pequeños emoticones que son como una piedra lanzada contra el agua tranquila.

Lo conoces.

Es él.

El hombre sin título ni promesa.

El que te besó sin mirar adentro. El que fue más piel que alma. El que decidió que lo tuyo era “demasiado”. Demasiado cuerpo. Demasiada emoción. Demasiado todo.

Y tú, que te estás reconstruyendo a fuerza de rutinas, sueños en piano y pan caliente, sentiste el golpe.

No porque le extrañes, sino porque hay heridas que no se curan con bloqueos ni evasivas.

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II. CUANDO UN “CÓMO VAS” PESA MÁS QUE UN TE AMO

Hay preguntas que no son inocentes.

Ese “¿cómo vas?” no era interés. Era una cuerda lanzada para ver si aún mordías el anzuelo de su presencia.

Pero tú ya no muerdes.

Tú contestas con ironía, con rabia velada, con esa tristeza que se disfraza de sarcasmo. Porque no es solo la pregunta.

Es lo que trae detrás.

Es el comentario que alguna vez hizo:

“estás más gordo”.

“ya no me atraes como antes”.

Y aunque pasaron meses, tú lo llevas aún en la nuca como quien carga una mochila invisible.

Así que le devuelves el golpe con palabras suaves pero cargadas:

“Bueno, saludos.”

Traducción: No entres otra vez aquí con los pies sucios.

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III. LA BATALLA ENTRE EL ORGULLO Y LA SOLEDAD

Javier, en esa pequeña conversación se jugó una guerra.

De un lado estaba el deseo de no estar solo. De ver una película acompañado. De tener a quién decirle “te traje pan”.

Del otro lado, estaba tu dignidad. Tu autoestima reconstruida con parches. Tu necesidad de no volver a ser el “plan B”.

Y ganaste tú.

O perdiste tú.

O tal vez ganaste perdiendo, porque decir “adiós” duele, pero también limpia.

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IV. PAN, LECHE Y RESISTENCIA

¿Qué hace uno después de cerrar un capítulo que nunca fue libro?

Uno pone música.

Uno se pone los audífonos como quien se pone una armadura emocional.

Uno sale a caminar hasta la tienda como si eso fuera una peregrinación íntima.

Y en la bolsa va el pan. Y en el pecho va el hueco.

Pero llegas a casa.

Pones el pan en el plato. Sirves leche tibia. Y comes.

Y esa simple cena es una declaración de independencia.

Un “yo me cuido”, aunque nadie más lo haga.

Un “no necesito que me desee alguien que me negó”.

Un “no merezco estar con quien me hizo dudar de mi belleza”.

Un “yo me escojo”.

Aunque duela.

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V. LOS FANTASMAS NO MUEREN, PERO SE DESVANECEN

Los fantasmas emocionales no golpean puertas ni arrastran cadenas.

Ellos escriben mensajes casuales. Le dan like a tus estados. Se aparecen con emojis.

Y tú, valiente y tembloroso, los ignoras. O les respondes con cortesía afilada.

Porque estás aprendiendo a dejar de dar cobijo a quienes solo buscan sombra, no calor.

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VI. LA BELLEZA DE LO ORDINARIO

Esta noche no hubo fiesta, ni confesiones, ni besos.

Hubo pan y leche.

Hubo una conversación que cerraste tú, aunque la herida aún arda.

Hubo un corazón que decidió no abrir la puerta a medias.

Y eso, aunque nadie lo aplauda, es un acto radical de amor propio.

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Epílogo:

Mañana volverá la rutina. El trabajo. El transporte.

Pero esta noche, Javier, fuiste más fuerte que el eco de tus vacíos.

Y si te preguntas si hiciste bien en responder así,

piensa en el pan.

Él no necesita adornos para nutrir.

Tampoco tú.

Y los fantasmas, tarde o temprano, se cansan de aparecer

cuando ya no les temes.


- Javier



lunes, 15 de junio de 2026

Crónicas diarias (Parte 17)

 

Aunque no alcance el tiempo


Hubo una semana en que el calendario parecía flotar, suspendido entre la espera de un paquete y la certeza del desdén. En un rincón de la ciudad, Marcos —que carga dos nombres como quien lleva un piano y un cuaderno— se movía entre jornadas laborales silenciosas, esquinado por compañeros que hablan con los ojos y juzgan con la boca cerrada.

En el trabajo, el contrato se estiró dos meses más, como una cuerda fina entre lo estable y lo efímero. El jefe, uno de los pocos rostros amigables, se despide pronto. Marcos lo lamenta. Las despedidas son como los silencios largos: cargan más de lo que dicen.

Y mientras tanto, el mundo seguía girando lento. Un vuelo cancelado, una sonrisa regalada por un jefe antes de partir —y qué raro es eso, sonreír en un lugar donde uno camina con la espalda recta y la boca cerrada como botón—. Porque en esos días grises, una foto con alguien que admiras o un comentario amable bastan para volver a respirar.

La casa no ofrece refugio. El hogar —si puede llamarse así— es una fortaleza hostil, donde las latas de malta desaparecen misteriosamente y los compañeros repiten el aseo como si quisieran borrar su rastro. Marcos lava, barre, trapea, y guarda pruebas fotográficas como quien documenta una batalla. La indiferencia duele más que los insultos: tiene filo, pero no deja sangre visible.

Y aún así, en medio de esa rutina encallada, algo tiembla. Una vibración en la superficie de los días.

Un paquete. Un simple timbre.

El 27 de mayo llegó un piano.

No era el controlador MIDI de hace un mes, ese que encendió la chispa, sino un piano que cabía en una caja grande, como si la música necesitara espacio para respirar. Lo recibió con una emoción callada pero vibrante, como un niño que ha esperado toda la noche a que amanezca. El instrumento venía con más de lo prometido: un micrófono, partituras, sonidos que ya vivían dormidos en su interior. Marcos los despertó, uno por uno.

Comenzó con Für Elise, como todo aprendiz que carga una historia entre los dedos. Luego se atrevió con Nocturne de Chopin, y en esas notas se le fue el alma: lloró, como siempre le pasa con el piano. Porque el piano, más que un instrumento, es una llave a una habitación que nunca ha dejado de habitar.

Por horas, los acordes se mezclaron con el sonido del ventilador, con el eco del silencio de sus compañeros, con los recuerdos. La práctica se volvió refugio. Entre un plato de espaguetis con atún, una avena con leche o una hamburguesa doble carne, Marcos tejía un puente invisible entre el pasado y lo que sueña ser. Escuchaba música de piano por Spotify y lloraba. Porque a veces no se llora por tristeza, sino por belleza. Porque lo bello duele cuando uno tiene el corazón abierto.

Y mientras tanto, los ex amores escriben. Felicitaciones vacías de quienes ya no tienen espacio en su vida. La música, en cambio, lo ocupa todo. No exige explicaciones. No se va sin avisar. Está ahí, como un espejo que no juzga, pero muestra.

Entre pensamientos y teclas, surgió una duda: ¿qué hacer con el controlador MIDI? Fue el inicio, la chispa. Ahora, el piano ocupa ese lugar. ¿Se guarda? ¿Se ofrece? ¿Se honra su rol inicial como un faro que señaló el camino? Las preguntas quedan en el aire, como las notas sostenidas por un pedal invisible.

El sueño de tocar en una banda sigue intacto. Marcos imagina giras, escenarios, una vida donde la rutina no lo devore. Piensa en Blondie, en teclados brillando bajo luces tenues. Y aunque no sepa aún cuál es su lugar, sabe que existe uno. Lo sabrá cuando llegue. Como supo que ese piano era suyo al verlo.

Ya casi es hora de dormir. A la 1 de la mañana comenzará el ritual: café, alistarse, prepararse para una jornada que no promete poesía, pero que será escrita igual.

Porque aunque no alcance el tiempo, Marcos sigue.

Y cada nota que toca es una declaración de resistencia, un poema sin versos, una manera de decir: 

"estoy aquí, no he terminado."

- Marcos




martes, 2 de junio de 2026

Crónicas diarias (Parte 16)

 

A Diego, forjador de sueños


Allí donde otros vieron distancia,

tú viste camino.

Allí donde otros sintieron hambre,

tú sembraste esperanza.

Allí donde otros callaron de miedo,

tú gritaste vida.


Con manos temblorosas y corazón de acero,

levantaste el pan de tus días,

sostuviste los pilares de tu casa de fe,

y danzaste bajo las tormentas

como un roble que no se quiebra,

sino que canta.


Hoy, la historia te mira y te reverencia:

magíster de sueños, ingeniero de imposibles,

hijo del esfuerzo y la perseverancia,

padre de una victoria que ya es eterna.

Una moneda de plata en tus manos,

pero un universo entero en tu alma.


Que este sea apenas uno de tus primeros triunfos,

que la vida te encuentre siempre listo,

con la frente alta, el espíritu limpio,

y los pies bien plantados sobre la tierra que conquistaste.

Hoy y siempre, Diego,

tu nombre se escribe en el viento

como uno de los que no se rindieron.



Segunda Parte:

Querido Diego,

no olvides que todo lo que hoy duele, mañana será cicatriz.

Y toda cicatriz es un mapa que cuenta que sí sobreviviste.

El cansancio no es fracaso. El dolor no es señal de derrota.

La tristeza es un huésped que, aunque incómodo, también enseña.

Tú eres más que los insultos, más que las pérdidas, más que los temblores en el cuerpo.

Tú eres la semilla que, aunque sembrada en tierras áridas, sigue brotando buscando la luz.


Aunque los días se hagan grises, recuerda:

Nunca se olvida a los valientes.

Sigue, Diego.

A tu ritmo. A tu manera.

Con tus poemas, con tus silencios,

con tu esperanza terco como un roble.

Porque la vida te debe todavía muchos amaneceres hermosos.

Y tú estarás ahí para verlos.


- Diego




viernes, 15 de mayo de 2026

Crónicas diarias (Parte 15)

 

El abrigo y la distancia


A veces siento que mi vida se parece a una serie que nunca vi, como *Friends* o *Seinfeld*, donde cada capítulo es una mezcla de cotidianidad y absurdo, pero con el giro inesperado de que el protagonista soy yo, y el guión cambia según el día y mi estado de ánimo. He pasado por muchas cosas, algunas que parecen anecdóticas y otras que dejan cicatrices invisibles. Últimamente he estado pensando en muchas de ellas, en especial en cómo me distraigo con facilidad. He leído más, sí, pero he creado menos. He dejado de grabar los episodios del podcast, de escribir mis poemas, de postularme a concursos. Publico fotos y pensamientos en redes sociales, pero eso no me llena, no me representa del todo. Como si en vez de hablar con mi voz, usara la de otros.


La verdad es que me ha desanimado no ganar en algunos concursos, o enfrentarme al dilema de publicar bajo condiciones injustas: que me pidan dinero o que me pidan renunciar a mis derechos. Eso no lo soporto. Es como regalar pedazos de uno mismo a cambio de un aplauso vacío. Aun así, sigo leyendo. Hoy, por ejemplo, fui a la biblioteca a renovar un libro de mi autor favorito. Lo tenía vencido, pero no me cobraron porque están en programa de condonación. Sentí que el universo me daba un respiro. Me falta poco para terminarlo.


Hablé también con una amiga que vive en Estados Unidos a quien quiero mucho y le debo tanto. Ella me ayudó con el traje de grado y gran parte de la matrícula de la maestría. Nos presentó una profesora de la universidad, una mujer a la que también le debo mucho. Volver a hablar con mi amiga me recordó que no estoy tan solo como a veces creo.


Tengo dos mascaras. La de mi madre, amable, dulce, luminosa, que me permite hacer amigos con facilidad. Y la de mi padre, distante, fría, práctica. Esa hace que los pierda. El 80% de mis amistades duran menos de dos meses. Algunas apenas días. A veces me pregunto si en verdad fui parte de esas conexiones, o solo un reflejo más en el camino de otros. Es como si dentro de mí convivieran dos seres en constante conflicto: uno que quiere quedarse y otro que quiere huir antes de encariñarse.


Pienso mucho en mí. No porque me crea mejor que los demás, sino porque me esfuerzo en mantenerme en pie. Y eso a veces me aísla. No hago daño por hacer daño, pero tampoco me esfuerzo por agradar si no hay un beneficio emocional, ético o práctico para mí. La sinceridad me define, pero también me aísla. Hay quienes la confunden con arrogancia. Hay quienes no saben qué hacer con alguien que les dice lo que piensa sin adornos. Por eso amo la soledad. Me protege. Pero también, a ratos, la detesto. Porque hay días en los que desearía compartir, construir, amar.


Conocí a un chico en la FILBo. Me dio su Instagram. Era todo lo que yo no soy: profesional en negocios internacionales, con viajes a Berlín y México, gimnasio, cuerpo trabajado, amigos en todas partes. Me sentí pequeño a su lado. Como si yo fuera un borrador de alguien que nunca terminé de escribir. Yo, que no tengo un trabajo estable, que no soy deportista, que me distraigo con el frío en la biblioteca, que procrastino y que a veces almuerzo con pollo y arequipe porque no sé cómo cuidar de mí mismo.


No siento que sea la mejor versión de mí. Aunque me esfuerzo, aunque saco buenas notas, aunque estudio y aprendo y leo. Me frustra no saber cómo traducir todo eso en algo concreto. En una vida que se sienta mía. Me gusta viajar, pero no tengo el dinero. Me gustaría trabajar en algo que me lo permita, aunque sea lavando baños en un crucero. Me ofrecieron una entrevista para un empleo mal pagado, pero coincidía con el horario del que ya tengo. No la acepte. Me cuesta decir si fue decisión o resignación.


Sé que debería cuidarme más. Comer mejor. No llenarme de azúcar por impulso. Ser más coherente. Pero soy como una balanza que nunca se queda quieta. Que tiembla incluso cuando nadie la toca. Siento que no soy suficiente para un chico 10. Quiero una relación, pero cuando la tengo, no me basta. Y me muestro como soy, dividido. Si no te gusta, te alejo. Pero si te vas, me duele. Amo a quienes se quedan pese a todo. Y cuando me fallan, lloro. Ya no tanto como antes, en la universidad, pero aún lloro por las noches.

Me saboteo. Yo soy mi obstáculo. Sé que no debería quejarme. Que he logrado cosas que muchos no. Pero también sé que quiero vivir sin preocupaciones y que, de alguna forma, yo mismo las provoco.


Y aquí es donde aparece el dilema del erizo. Ese experimento emocional. Dice que los erizos, para no morir de frío, deben acercarse. Pero si se acercan demasiado, se hieren con sus púas. Entonces se alejan. Pero si se alejan mucho, mueren congelados. Así soy yo. Quiero acercarme, pero temo herir o ser herido. Quiero amar, pero temo mostrar mis púas. Me acerco, luego huyo. Me alejo, luego extraño. Y en ese vaivén se me va la vida, tratando de encontrar una distancia justa entre el frío del mundo y el dolor de mis espinas.

- Adrián





sábado, 2 de mayo de 2026

Crónicas diarias (Parte 14)

 

Un día cualquiera (o eso parece)


Amanecí tarde, con el corazón algo más somnoliento que el cuerpo, y el estómago rugiendo como una bestia sin dueño. El desayuno no alcanzó a escribirse en la página de ese día, así que lo improvisé entre calles: un pastel de arroz con carne y un jugo de naranja en bolsa, esa fineza tropical empaquetada en plástico y nostalgia.

Temí llegar tarde al trabajo. Dos buses separaban mi cama del deber, y las monedas en mi bolsillo escaseaban como el silencio en una ciudad ruidosa. A falta de efectivo, me aferré a la fe del transporte público. Contra toda lógica urbana, los buses fueron puntuales —una rareza que solo se explica por la intervención de un dios menor del caos. Llegué a tiempo.

Mi jefe no fue. Tal vez la providencia quiso ahorrarme palabras. Mis compañeros, como siempre, orbitaban en un sistema solar diferente. No hay gravedad que nos una. El turno fue corto, pero cada encuesta a los viajeros pesaba como una conversación forzada en un funeral. Mi máscara amable funcionó. Otra vez.

Al salir, un almuerzo improvisado: arroz chino, camarones y un rollito primavera. Sazonado con soledad y un hit de mora. Almorcé solo, como tantas veces, aunque a veces, en esos momentos, me siento menos solo que rodeado de los que me ignoran. Después, al baño, como un ritual: cepillo, espejo, rutina.

El bus se hizo esperar. Esperé. El bus llegó. Otro, claro, no el que necesitaba. Subí resignado y vi pasar, como una burla cruel, el correcto justo cuando ya no podía bajarme. Murphy sonreía desde algún rincón del universo.

El mototaxi fue rápido. Callado. Tan callado como yo. Cinco estrellas, aunque yo bajé a 4.93 en mi propia app. Un número me juzga sin rostro, sin réplica. Me sentí como la mujer de ese capítulo de Black Mirror, donde cada gesto es puntuado y cada error cuesta la dignidad.

La consulta odontológica fue breve. Nada grave. La limpieza quedó agendada, y el terror quedó pospuesto. Salí, pero no corrí a casa. Preferí la biblioteca. Me perdí dos horas en mundos lejanos, mientras el mundo afuera seguía girando con su absurda prisa. Me presté cinco libros. ¿Optimismo? ¿Autoengaño? Tal vez ambos.

A las seis de la tarde, otra odisea en bus. Hora pico, cuerpo a cuerpo. Casi una coreografía de incomodidades. Los audífonos murieron apenas subí. Me sentí prisionero de los decibeles ajenos. Cargaba mis libros, mis sobres de salsa agridulce robados con disimulo del restaurante, y el peso de todo lo no dicho. Pedí un asiento con educación. Me respondieron con grosería.

Llegué a casa extenuado. No quería cocinar. Pedí pizza. Más cara que antes. Pagada con la tarjeta. Deudas aliadas del hambre. Saludé a la portera con un sobre de salsa, porque uno da lo que tiene.

Subí y, como tantas veces, el veneno de los que viven conmigo se desbordó en insultos. Uno, parado en la puerta, disparó su amargura en forma de groserías. Subí las escaleras ignorando los ecos. Pero el miedo es astuto. Me llevé un hacha al baño, como Jack en El resplandor. Absurdo, lo sé. Lavarme las manos después de tocar un hacha: un sinsentido poético.

Volví al cuarto. Comí pizza. Vi un capítulo de Kuroshitsuji. La vida en 2D se siente más real que la de carne y hueso a veces. Mandé el informe al jefe. Dormí con más cansancio que sueños.

Me llamaron para un trabajo. Auxiliar de almacén. Salario mínimo, jornadas largas, dirección inexistente en el mapa. Suena a trampa disfrazada de oportunidad. Me debatí entre la necesidad y la dignidad. No decidí nada.

Hoy, lavé ropa. Otra rutina que antes era semanal y ahora me exige dos veces. Desayuné zanahorias. No por salud, sino por economía. Tengo que salir con una navaja en el bolsillo porque ya no me siento seguro ni en mi propio techo. Y aún así, no puedo mudarme. No todavía.

Pero aquí estoy. Escribiendo esto. Respirando, aunque duela. Viviendo, aunque pese. Esperando, sin saber bien qué.

- Mario




miércoles, 15 de abril de 2026

Crónicas diarias (Parte 13)

 

Diagnósticos, distancias y decisiones


Anteayer fui al médico. Otra vez. Otra consulta más para esta dermatitis que me ha acompañado como un huésped indeseado durante años, y a la que nunca nadie le ha prestado suficiente atención. Cambian los médicos, cambian los calendarios, pero la piel sigue hablando sola, agrietándose, pidiendo ser escuchada. Esta vez, el médico me miró distinto, con algo más que desgano: con duda, con sospecha. Me dijo que no era normal. Y yo lo sabía, lo sé desde hace años. Le hablé de mi púrpura de la infancia, de los diez kilos que subo cada año como si el tiempo se empeñara en pesarme más de la cuenta. Me pidió exámenes de sangre. Extendidos. Como si al fin quisieran descifrar el mapa oculto de lo que me pasa. La próxima semana sabré qué murmura mi sangre.

Salí del consultorio y me fui directo al trabajo. Mi cuerpo llegó puntual al aeropuerto, aunque mi cabeza seguía en la consulta. A veces creo que estoy hecho de pedazos: uno médico, otro laboral, otro familiar, otro lleno de cuentas, y algunos simplemente cansados. Me tomé mi tiempo para llegar, como siempre. No soporto el apuro, ese ritmo violento con el que el mundo parece querer atropellar todo. Me gustan las cosas lentas, como los buenos libros, como los abrazos que no se dan por compromiso.

Llamé a mi madre, como cada día. Ella nunca falla: su voz siempre está lista para decirme qué hora es, en qué debería estar pensando, y qué debería estar evitando. Tiene esa manera de quererme que se parece al miedo. Y yo tengo esa forma de responderle que se parece a la paciencia con grietas. Me reprochó por mis gastos, por los pósters y los cómics que compré en la FILBo. Le mentí, le dije que gasté menos. Me dio vergüenza decirle que prefiero eso a salir a beber con gente que ya ni me interesa. Que prefiero llenar las paredes de personajes de tinta que llenar mis noches de conversaciones vacías.

Las cuentas, ay, las cuentas. Ese monstruo silencioso que me espera en la almohada. Este mes me alcanza… apenas. Pero me alcanza. Haré malabares con los tres millones que tendré entre lo ahorrado y lo que me paguen. No es mucho, pero es lo que hay. Al menos lo suficiente para el arriendo, el mercado, la tarjeta, el transporte y los imprevistos. Siempre hay imprevistos.

Me considero paciente, sí. Aunque para algunos, eso es sinónimo de lento. Jefes pasados me lo dejaron claro, con frases llenas de desdén. Pero ya no me afectan tanto. Tal vez por eso mi mamá insiste tanto en marcarme el paso: teme que el mundo me trague por caminar distinto.

Hoy hablé con Catalina, mi mejor amiga. O bueno, recordé nuestra conversación. Ella, con sus cuatro gatos, su desorden, su vida deslavada pero fiel. Mi mamá dice que es mala influencia. A veces creo que tiene razón. A veces creo que no importa. Catalina será siempre esa amiga que, pese a sus defectos (y vaya que los tiene), no me ha soltado nunca. Aunque se aleje, aunque desaparezca por semanas, siempre regresa. Y a veces con eso basta.

Me pidió que nos fuéramos a vivir juntos. La idea me gusta... y me asusta. Por fin alejarme de los compañeros hostiles que me hacen la vida difícil, como hoy, cuando me dejaron afuera a propósito mientras ponía trampas para los ratones que dañan mis plantas. Menos mal tenía las llaves. ¿Qué hubiera hecho si no?

Pero irme con Catalina también es otro riesgo. Ella vive con su novio, quiere llevarse tres gatos (yo le dije que cuatro no), y ya la conozco: el desorden la persigue. Así que le puse reglas. Que preguntemos antes de usar lo del otro, que repartamos los gastos con justicia, que no abuse del espacio. Que si vamos a compartir casa, sea con respeto. Me dijo que el cambio sería para el 15 de junio. Justo un mes. Y yo... yo necesito tiempo para planear las salidas. Porque irme de aquí significa también enfrentar la presión de los compañeros cuando se enteren. Y sé que me harán la vida imposible en esos últimos días.

Pero... también sé que ya no quiero estar aquí. Que mi piel, mi alma, mi cuerpo entero están pidiendo aire nuevo. Y Catalina, con todo y su caos, es al menos un caos familiar.

No sé si estoy tomando la mejor decisión. Pero sé que ya no quiero seguir sintiéndome encerrado. Que si me mudo, será con condiciones. Y que si me quedo, será con consecuencias.

Y eso también es crecer.

-Pablo