DONDE GRITARÉ PARA NO VOLVER.
blog creado en una noche como esta, bajo una luna melancólica, en un desliz de locura premeditada y con una ilusión la cual pertenece a un lunático el cual es vuestro servidor (yo), para poder complaceros en esta aventura llena de historias.
DONDE GRITARÉ PARA NO VOLVER.
Hay un lugar, en algún rincón de la mente de Leo, que no aparece en ningún mapa.
Un salón sin ventanas, con paredes cubiertas de fotografías rotas, mensajes sin responder y promesas que nunca llegaron a puerto.
Lo ha visitado tantas veces que ya sabe el camino de memoria.
Sabe qué puertas no abrir, qué recuerdos esquivar, y cuáles (por más que duelan) necesita mirar a los ojos.
Ese lugar se llama el club de los que no se quedaron.
Un sitio al que nadie pidió entrar, pero en el que todos dejaron algo suyo antes de irse.
Algunos llegaron con flores. Otros, con silencios. Algunos con planes a largo plazo. Otros, con las manos vacías.
El de los apartamentos compartidos y los afectos interrumpidos:
Hubo uno, el del plan a futuro.
Decía que quería vivir con él.
Buscaron apartamentos, soñaron muebles, calcularon alquiler y hasta pensaron qué cuadro iría en qué pared.
Pero bastó un cambio de clima, una ráfaga de duda, para que todo se esfumara.
Cuando Leo pidió espacio para entender sus emociones, el otro encontró en otro cuerpo lo que decía querer construir con él.
Y cuando Leo lo supo, no gritó.
No lloró frente a él.
Solo se fue.
Lo bloqueó, como quien pone cerrojos a una herida para que no sangre más.
El ex que nunca soltó la cuerda:
Otro apareció un tiempo después.
Un ex que, al parecer, no entendía la diferencia entre nostalgia y cariño verdadero.
Enviaba fotos viejas, hablaba de “cómo estás” cuando en realidad lo que quería era hablar de sí mismo.
Leo se resistió.
Intentó poner límites.
Le dijo: “no quiero hablar con un ex que ya tiene pareja”.
Pero las palabras del otro se colaban como termitas emocionales: socavaban la tranquilidad que Leo tanto había trabajado por conseguir.
Así que una vez más, se fue.
Bloqueó.
Apagó la luz.
Y esta vez, sí dolió.
Pero fue un dolor limpio. Uno que cicatriza.
El primero al que le dio flores:
Hay uno que sigue latiendo como un tambor lejano.
Aquel primer amor al que le regaló rosas al mes.
El único al que lo hizo.
Creía que esa persona era distinta.
Y tal vez lo era.
Pero se fue sin aviso, como quien baja del tren en medio de la noche y no deja nota.
Leo intentó encontrarlo.
Creó perfiles falsos, escribió sin firmar, buscó señales donde no las había.
Y cuando años después lo volvió a encontrar, el cuerpo dijo sí, pero el alma no.
Ya no era lo mismo.
Nunca volvería a serlo.
El lejano que prometía encuentros:
Otro vivía lejos.
Pero no tanto como para impedir que Leo tomara un bus para ir a verlo.
Se hablaban, se extrañaban.
Pero cuando al fin el encuentro fue real, el otro retrocedió.
“Nos vemos en dos días”, dijo.
Pasaron dos.
Luego tres.
Luego una eternidad.
Y ese también, aunque con menos ruido, se volvió fantasma.
Y luego, el más cruel de todos
uno que aún no descansa.
No por amor sino por traición.
El que vivió con él tres meses.
El que decía amarle.
El que dormía a su lado.
El que comía de su mano y decía "te amo" como quien canta un mantra.
Leo le creyó.
No porque fuera ingenuo, sino porque quería que fuera verdad.
Hasta que encontró los mensajes.
Los susurros digitales de una infidelidad que no pedía disculpas.
Y al echarlo de casa, no recibió un perdón.
Recibió una puñalada: “estaba aburrido de ti”.
Así, sin anestesia.
Con la crueldad del que sabe que está rompiendo algo irremplazable.
Y aunque lo bloqueó, aunque rompió todo lazo, esa frase quedó incrustada como una astilla detrás de la costilla izquierda.
No duele siempre, pero a veces, cuando hace frío o cuando se siente solo, vuelve a arder.
- Leo
Carta 21
Ahora estoy en una paradoja emocional,
siento que todos me odian, pero me necesitan.
Es un ir de venir entre comprensión sin retribución y miedo por el desprecio.
Tal vez siento que hay algo más allá del mundo que conocía hacia los otros,
justo después de ese lugar donde me ilusione por primera vez.
Algunas sonrisas me hirieron peor que los cuchillos,
y algunos besos me quemaron más allá del fuego.
Aun así, sigo pensando en las despedidas que nunca se efectuaron
o simplemente no tuvieron sentido para mí.
Todo se convirtió en un simple adiós sin común acuerdo
y en el cual solo me quede sentado esperando algo distinto.
MAS ALLA DE LAS ESTRELLAS.
Anoche vi una película que me partió en dos: AI, Inteligencia Artificial. No iba ni por la mitad cuando ya sentía un nudo que no se me ha soltado ni escribiendo esto. No era solo la historia de un robot que quería ser amado. Era la historia de alguien que, como yo, ha aprendido a caminar por este mundo con la esperanza de que un día lo quieran sin condiciones, aunque no sea del todo humano, aunque no sepa del todo cómo encajar.
Llegué del trabajo, cansado, como siempre. Me preparé pasta con salsa de atún —cebolla caramelizada, zanahoria, tomate, pimentón, un poco de jengibre, cilantro al final. La vida, en sus detalles pequeños, sabe bien. Hasta serví en plato hondo de porcelana, con salsa BBQ por encima, papas fritas aparte, malta Leona para cerrar. A veces siento que eso es lo más cercano a un ritual de cuidado que tengo conmigo mismo: cocinar para no olvidarme de que existo.
Luego me senté, vi anime un rato, jugué cartas online, y por fin puse la película. A medida que avanzaba, no podía evitar pensar en mí. En lo mucho que he cambiado. En cómo pasé de amar la fantasía y los isekai a sentirme atrapado por la ciencia ficción. ¿Por qué? Quizá porque en ella puedo ver reflejadas mis preguntas más íntimas. Los robots, los androides, las inteligencias artificiales: todos esos personajes que parecen tan lejanos, en el fondo, se sienten como yo. Humanos que no son del todo humanos. Almas que sienten, pero no siempre son reconocidas.
Vi la película hasta el final, sin jugar ni distraerme. Algo raro en mí últimamente. Y cuando terminó, me sentí devastado. Pero también lleno de algo hermoso. Lloré. Después de tanto tiempo de no llorar. No por la historia que vi, sino por la historia que llevo dentro. Por todo lo que he reprimido para poder funcionar. Por los días en los que he fingido fuerza cuando solo quería que alguien me abrazara sin preguntar nada.
A veces pienso que sería más fácil tener un amigo robot. Alguien que no juzgue si un día soy frío y al otro cálido. Que no se aleje cuando no sé cómo explicar que mi silencio no es rechazo, sino miedo. Que entienda que controlo mis emociones porque cuando no lo he hecho, me han herido sin piedad.
Una parte de mí se ha sentido culpable por ser así. Por sentir tanto y esconderlo. Por desear compañía y al mismo tiempo alejarla. Pero esta noche, entre lágrimas y recuerdos, me permití entenderme un poco más.
Sí, David también soy yo.
Soy ese niño grande que solo quiere que alguien le diga: "Te veo, te escucho, no tienes que demostrar nada." Y aunque la vida siga siendo difícil, aunque a veces parezca que no hay espacio para quienes sienten demasiado, sigo aquí. Cocinando, soñando, viendo películas que me desgarran pero también me reconstruyen.
Y ahora que terminé de escribir esto, respiro mejor. Como si dentro de mí algo finalmente hubiera encontrado voz.
Porque al fin y al cabo: “Es difícil vivir, pero si no lo intentas, no tiene caso.”
Si un día lees esto y te reconoces, también eres David. También estás hecho de ternura oculta, de lágrimas que no saben por dónde salir, de amor esperando ser correspondido.
Y eso, aunque duela, también es hermoso.
- David
Llorar ahora no es suficiente para poder sacar todo lo que se siente hacia otros.
ES UN LABERINTO EMOCIONAL.
No nací con todo servido. Aprendí a servirme el alma a
cucharadas. No soy un mártir ni un héroe de cuento; solo alguien que ha tenido
que levantarse solo desde muy joven, con la nostalgia de un hogar lejano y una voluntad
más fuerte que el hambre, que la tristeza, que las deudas.
Mi vida ha sido una bitácora escrita entre cafés amargos, apuntes de
universidad y sueños que a veces se rompen, pero nunca desaparecen. He caminado
con miedo, sí… pero he caminado. He hecho cuentas con monedas invisibles y
planes con palabras prestadas. Y sin embargo, sigo aquí.
Mi mente razona como ingeniero: estructura, planea, analiza. Pero mi alma arde
como poeta: siente, recuerda, escribe. Vivo entre dos mundos: el del deber y el
del deseo, el del trabajo temporal que apenas paga las cuentas, y el de las
palabras que me sanan aunque nadie más las escuche.
Amo desde el silencio. Cuido desde la distancia. Me entrego sin promesas, pero
con profundidad. Me apego a los detalles: una firma en un cómic, un póster que
brilla en la oscuridad, una feria cultural donde lo importante no es lo que
gasto, sino lo que vivo.
Sí, me equivoco. A veces compro dos veces lo mismo, olvido la cinta para colgar
un sueño, o me quedo sin ver el anime que tanto quiero. Pero en cada error mío
hay algo auténtico: pasión, ganas, ternura escondida detrás de toda mi
autocrítica.
Me culpo por no avanzar más rápido. Me juzgo por no tener aún lo que merezco. A
veces me castigo por no poder con todo, sin darme cuenta de que ya he podido
con muchísimo. Mi camino no es recto. Es real. Y eso vale más que cualquier
perfección.
El dinero no me define. Lo respeto, lo necesito, lo administro… pero no lo
idolatro. Prefiero invertir en algo que me recuerde quién soy, que en una noche
sin memoria. Sé que el arte me salva. Que escribir me ancla. Que la poesía es
mi forma de no morir del todo.
Me cuesta mostrarme vulnerable, pero lo soy. Y eso me hace fuerte. Me da miedo
no saber qué vendrá cuando se acabe mi contrato, pero no me rindo. Sé que
descansar también es resistencia. Que pensar también es crear. Que planear
también es una forma de amar.
Soy un adulto que cuida al niño que alguna vez quiso rendirse. Y es ese niño el
que, de vez en cuando, me susurra: “No pares. Mira lo lejos que hemos llegado”.
Y sigo.
Aunque duela.
Aunque cueste.
Aunque me equivoque.
Sigo, porque estoy hecho de algo que el mundo no enseña: esperanza terca.
Compartir con los demás no siempre te hace bien.
ELLOS NO NOS QUIEREN.