Siguiendo aunque todo desvanezca
No nací con todo servido. Aprendí a servirme el alma a
cucharadas. No soy un mártir ni un héroe de cuento; solo alguien que ha tenido
que levantarse solo desde muy joven, con la nostalgia de un hogar lejano y una voluntad
más fuerte que el hambre, que la tristeza, que las deudas.
Mi vida ha sido una bitácora escrita entre cafés amargos, apuntes de
universidad y sueños que a veces se rompen, pero nunca desaparecen. He caminado
con miedo, sí… pero he caminado. He hecho cuentas con monedas invisibles y
planes con palabras prestadas. Y sin embargo, sigo aquí.
Mi mente razona como ingeniero: estructura, planea, analiza. Pero mi alma arde
como poeta: siente, recuerda, escribe. Vivo entre dos mundos: el del deber y el
del deseo, el del trabajo temporal que apenas paga las cuentas, y el de las
palabras que me sanan aunque nadie más las escuche.
Amo desde el silencio. Cuido desde la distancia. Me entrego sin promesas, pero
con profundidad. Me apego a los detalles: una firma en un cómic, un póster que
brilla en la oscuridad, una feria cultural donde lo importante no es lo que
gasto, sino lo que vivo.
Sí, me equivoco. A veces compro dos veces lo mismo, olvido la cinta para colgar
un sueño, o me quedo sin ver el anime que tanto quiero. Pero en cada error mío
hay algo auténtico: pasión, ganas, ternura escondida detrás de toda mi
autocrítica.
Me culpo por no avanzar más rápido. Me juzgo por no tener aún lo que merezco. A
veces me castigo por no poder con todo, sin darme cuenta de que ya he podido
con muchísimo. Mi camino no es recto. Es real. Y eso vale más que cualquier
perfección.
El dinero no me define. Lo respeto, lo necesito, lo administro… pero no lo
idolatro. Prefiero invertir en algo que me recuerde quién soy, que en una noche
sin memoria. Sé que el arte me salva. Que escribir me ancla. Que la poesía es
mi forma de no morir del todo.
Me cuesta mostrarme vulnerable, pero lo soy. Y eso me hace fuerte. Me da miedo
no saber qué vendrá cuando se acabe mi contrato, pero no me rindo. Sé que
descansar también es resistencia. Que pensar también es crear. Que planear
también es una forma de amar.
Soy un adulto que cuida al niño que alguna vez quiso rendirse. Y es ese niño el
que, de vez en cuando, me susurra: “No pares. Mira lo lejos que hemos llegado”.
Y sigo.
Aunque duela.
Aunque cueste.
Aunque me equivoque.
Sigo, porque estoy hecho de algo que el mundo no enseña: esperanza terca.

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