El portero y la yerbabuena
En un rincón gris del concreto bogotano, donde las rejas y las puertas se abren más por rutina que por cortesía, vivía el portero y su costumbre. El primero era joven, amable y mecánico. La segunda, más vieja que los ladrillos, repetía su jornada como quien olvida soñar.
Chris caminaba con el corazón a medio hervir, como el agua que nunca alcanza el punto de ebullición. Saludaba, sonreía, hacía una broma con el cansancio entre los hombros. Y el portero —ese hombre de sonrisa pública y alma privada— respondía con simpatía, la misma que usa para todos, pero que Chris, en su silencio, anhelaba que fuera sólo para él.
Una vez compartieron un desayuno.
Otra, prepararon un mojito sin alcohol.
Chris llevó la yerbabuena de su jardín, el hielo de su congelador y el mortero como quien lleva el alma abierta en las manos. Él, el portero, llevó soda, limón… y un gesto que parecía cariño.
Pero los días pasaron.
Y con ellos, las capas se cayeron como pintura vieja.
Cuando Chris le regaló el pantalón que tanto le gustaba, esperó algo más que una sonrisa: esperaba gratitud, quizás ternura, una palabra que dijera “vi tu gesto y me importó”. Pero no llegó. La indiferencia fue el abrigo que el portero eligió ponerse.
Chris se alejó. Como siempre lo hace cuando duele. Aprendió a simular que no había nadie en la portería. Que no lo escuchaba, que no lo miraba, que no lo sentía. Y lo logró. Hasta esta semana.
Volvieron las palabras como llovizna: suaves, superficiales.
Chris probó a sacar la lengua, con un gesto lúdico de reconciliación. Un “aquí estoy, si aún querés verme”.
Pero entonces…
“Con tu actitud no vas a llegar a ningún lado.”
Y el eco de esa frase se sintió como una piedra lanzada al centro del pecho. Chris, que tantas veces aprendió a contener la marea, sacó al adulto serio que lo habita y respondió con la precisión de un bisturí:
—Cuando pida tu opinión, la tendré en cuenta.
Y se fue.
No lloró. No gritó. No pateó la reja.
Pero adentro, algo se deshojó.
El portero sigue ahí. En su caseta. Con su gesto universal.
Y Chris también sigue. Más lúcido, más firme, más él.
Porque a veces, crecer no es madurar. Es endurecer con elegancia.
Después de cerrar la puerta, Chris bajó la mirada, como si el suelo pudiera absorber lo que las palabras del portero dejaron flotando en el aire.
Una frase —tan corta— había desmontado un mes de gestos.
No era la primera vez que alguien juzgaba su forma de sentir.
Ni sería la última. Pero dolía igual.
Chris no lloró. A veces le gustaría. A veces desearía tener la libertad de quebrarse como los demás, de soltar un suspiro sin sentir que está dejando una grieta por donde podrían entrar las mentiras, la pena o el juicio. Pero no. Chris es quien camina firme, el que responde con elegancia filosa, el que saca la coraza antes que el corazón.
Y sin embargo…
Tiene jardín.
Cultiva yerbabuena.
Regala pantalones.
Prepara mojitos como quien prepara una escena para que la ternura tenga un lugar donde sentarse.
Es ese tipo de persona que actúa con el alma, aunque su voz diga lo justo y su gesto se contenga.
En la soledad del apartamento, mientras doblaba la ropa aún tibia del tendal, se repetía que no era importante, que el portero no valía tanto, que no hay tiempo para juegos emocionales.
Pero su mente igual se devolvía a la escena.
A los días en que bajaba con ganas de saludarlo.
A cuando creía que el otro lo veía distinto.
A cuando sintió que la atención era compartida, no prestada.
Y ahí, en ese entretejido de recuerdos, Chris se encontró a sí mismo.
Recordó que no era tierno. Era fuerte.
Porque ser fuerte no es frialdad. Es resistir al desencanto sin dejar de sentir.
Es seguir cultivando yerbabuena aunque nadie venga a pedir más mojitos.
- Chris

No hay comentarios.:
Publicar un comentario